Prólogo 3: lo siento
Aldea en la ladera norte de Tanabe, tarde del 27 de enero — año 1700 d. C.
Seijuro no reaccionó a las dos palabras del médico no porque no las hubiera oído —las había oído con una claridad hiriente, como se oyen los primeros versos de un sutra en un entierro ajeno— sino porque su cuerpo, adiestrado durante más de una década en no responder al primer estímulo del miedo, se resistía a admitirlas. Permaneció de pie en la penumbra del tatami, el haori empapado por la carrera desde el bosque, las manos sueltas a los costados y los hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como si el peso que había soltado al depositar a Otsuru sobre el futón siguiera, de algún modo, apoyado sobre ellos. El incienso que la esposa del médico había encendido minutos antes ascendía con lentitud: un hilo gris y torcido que parecía dudar entre quedarse en la habitación o atravesar el papel de la ventana y perderse en el aire frío de enero.
El médico evitó su mirada como se evita un fuego que todavía crepita. Había visto la cicatriz del costado izquierdo al desvestirla —una línea de acero mal cerrada, de meses, no de días— y había entendido, antes incluso de tocar la piel, que aquel hombre no era un marido cualquiera, y que lo que iba a decir iba a romperle algo que él, médico rural, no sabría recomponer.
—Lleva muerta un buen rato, oficial. La fiebre se la llevó por dentro; la hemorragia, por fuera. Cuando llegasteis por esa puerta ya no había nada que hacer.
Lo dijo sin rodeos pero con suavidad, con la franqueza tranquila de quien ha aprendido en treinta años de aldea que engañar al doliente no lo consuela sino que solo retrasa el golpe y, al retrasarlo, lo hace más duro.
Seijuro escuchó la frase entera sin pestañear, y cuando el médico terminó, solo entonces, negó con la cabeza una vez.
—No.
Lo dijo en un tono que no era desafío al médico ni protesta contra el hecho; era una orden dada al universo, pronunciada como había pronunciado durante años las órdenes que los soldados no tenían derecho a discutir: sin levantar la voz, sin mover apenas los labios, con una densidad en cada sílaba que congelaba el aire alrededor. Luego se inclinó sobre el futón, apoyó la frente contra la de Otsuru y cerró los ojos. La piel estaba fría. Demasiado fría. No quedaba rastro del calor que había sentido media hora antes, mientras corría con ella en brazos por el sendero de cedros.
Otsuru.
No respondió.
Otsuru.
Tampoco.
Se incorporó despacio y miró al médico con los ojos enrojecidos, sin una sola lágrima, porque los hombres como él no lloran en público y él no iba a empezar a hacerlo en la casa de un extraño. El médico retrocedió un paso sin darse cuenta. La sanba, esposa del médico y partera del valle, apareció en el umbral con un cuenco de agua caliente en las manos, se detuvo al ver la escena y comprendió de inmediato sin que nadie le explicara nada. Posó el cuenco en el suelo, se arrodilló junto al futón y tomó el pulso de Otsuru con dos dedos; al cabo de unos segundos negó apenas con la cabeza. La señal fue tan breve que un civil la habría pasado por alto. Seijuro, que había leído señales más pequeñas en campos de batalla mayores, la entendió.
Se golpeó el pecho con el canto del puño izquierdo. No con furia. Con la precisión con la que lo habría golpeado un enemigo. Una vez. Otra. Luego se quedó quieto, y en ese segundo de quietud aceptó lo que el médico le había dicho y lo que él había estado negando desde el instante en que había soltado a Otsuru sobre el futón, y lo aceptó del único modo en que sabía aceptar las derrotas grandes: sin gesto ni palabra. El dolor, para un hombre como él, era un idioma familiar que no interrumpía la conversación, pero hay palabras en ese idioma que no se habían pronunciado todavía en su vida, y ahora empezaba a pronunciarlas.
—Es culpa mía.
No era una afirmación dirigida a nadie. Era una constancia.
El médico no lo corrigió. No existían palabras que aliviaran lo que acababa de romperse.
Claro de cedros en la ladera del monte, a una hora a pie de la aldea Mañana del 28 de enero de 1700
El entierro lo organizó Seijuro con la misma disciplina con la que había dispuesto durante años las formaciones de su compañía, y no delegó ni una sola tarea, porque entendió que delegar el funeral habría sido delegar también la culpa, y la culpa era una propiedad exclusiva suya que no podía compartir con nadie. Supervisó el lavado del cuerpo en una bañera de madera que el médico cedió sin cobrar, dispuso con sus propias manos el kimono blanco de los difuntos, arregló el cabello de Otsuru peinándolo hacia atrás con un peine de hueso que uno de los aldeanos había traído sin que nadie se lo pidiera. Cada gesto era una forma de retener lo irremediable: si cada capa de tela era colocada con perfección, si cada hebra del cabello era dispuesta en el lugar exacto, quizá aquella tarde pudiera posponerse. No podía.
Un monje budista del templo más cercano, avisado al alba por el médico, llegó al claro con los útiles del ritual envueltos en un hatillo gris. Era un anciano de kesa raída y mirada de lago en calma; habló poco, y cuando habló, lo hizo con la cadencia litúrgica de quien ha recitado los mismos versos sobre los mismos ataúdes durante medio siglo y ya no necesita entonarlos con énfasis para que se oigan.
—El kaimyō lo prepararé yo —dijo, refiriéndose al nombre póstumo—. Una mujer que muere dando vida a un varón merece un nombre largo.
Seijuro asintió sin hablar.
Algunos aldeanos acudieron desde la falda del monte y se mantuvieron a distancia, con esa mezcla de curiosidad y respeto que las aldeas costeras reservan para las desgracias ajenas que intuyen mayores que la suya. Sabían que el oficial que enterraba a la mujer era un Nakata y que los Nakata habían combatido akuryō en tres provincias, y algunos de los mayores recordaban incluso a Jirōbei en misiones de juventud; pero aquella mañana, bajo la bruma blanca que se colaba entre los cedros, no miraban a un oficial. Miraban, sin saberlo formular así, a un hombre que había perdido la única batalla que no estaba entrenado para perder.
El monje recitó el sutra. Seijuro se arrodilló frente al ataúd de pino sencillo, la espalda recta como la de un centinela, las rodillas juntas, las manos apoyadas en los muslos y la mirada fija en la tabla de madera sin lacar. No lloró. No tembló. Las monedas para el viaje al más allá fueron colocadas sobre el pecho de Otsuru, la tablilla mortuoria fue depositada junto a la cabecera, y entonces llegó el momento que Seijuro había estado posponiendo con la minuciosidad de cada gesto previo: la tapa se cerró, las cuerdas se tensaron, y el ataúd comenzó a descender al foso abierto en la tierra húmeda.
Los aldeanos echaron la primera palada.
La tierra golpeó la madera.
Un sonido seco.
Repetido.
Inapelable.
Cuando la última palada cubrió el túmulo y el monje, con una inclinación breve y sin palabras de más, se retiró por el sendero que bajaba a la aldea seguido de los aldeanos, Seijuro permaneció arrodillado frente a la tierra recién removida sin que nadie se atreviera a decirle que se levantara. El viento agitaba las copas altas de los cedros, un viento seco de enero que arrastraba briznas de incienso y fragmentos de los últimos versos del sutra, y el murmullo del bosque parecía una oración distante que ya no iba dirigida a nadie en particular.
—Lo siento.
No era una palabra lanzada al aire.
Era una confesión.
Y entonces, como quien abre un cofre que ha llevado cerrado durante años porque sabe que abrirlo le dolerá, Seijuro empezó a recordar.
Campamento de entrenamiento del ejército japonés — Hiroshima. Finales del invierno de 1690, unas semanas antes del traslado a Osaka
Había pocas cosas en el ejército japonés tan exactas como el silencio que se hacía en una explanada antes de un combate de evaluación, y esa mañana —la última mañana de Seijuro en el campamento de Hiroshima— el silencio era más exacto de lo habitual, porque el oficial al que iba a enfrentarse no era un instructor de los habituales sino un capitán veterano traído desde Kyoto para medir al muchacho, y porque todos los que estaban alrededor —instructores, cadetes mayores, un par de ayudantes de mando enviados desde Osaka que anotaban en cuadernos pequeños— sabían que lo que iba a pasar en los minutos siguientes no era un ejercicio más, sino un expediente que se firmaría solo.
Seijuro estaba en el centro de la explanada con las manos vacías.
El uniforme de evaluación era el reglamentario del ejército: guerrera de faena verde, pantalón táctico oscuro, botas de campaña atadas hasta la pantorrilla, cinturón de servicio sin armas colgantes. No llevaba armas —los cadetes tenían derecho a portar armas reglamentarias en los ejercicios— porque Seijuro había renunciado a ellas en el parte del día anterior con una firma seca y sin explicaciones que había hecho levantar la ceja al oficial de turno. Puños, había escrito en la casilla del arma elegida, con la misma letra clara con la que rellenaba los inventarios de munición. El oficial de turno había releído tres veces la casilla antes de sellar el parte.
Frente a él, a unos tres pasos, el capitán traído de Kyoto sostenía un cuchillo táctico del modelo reglamentario: hoja negra, empuñadura de goma estriada, unos veinte centímetros de filo mate. Se llamaba Fujibayashi y tenía algo más de cuarenta años, una cicatriz que le atravesaba el pómulo izquierdo como una costura mal hecha y una reputación en el cuerpo de oficiales que se contaba bajito y con respeto. Había dado muerte a tres akuryō en combate cuerpo a cuerpo, había instruido durante más de una década en la academia de Kyoto, y miraba al muchacho con la mezcla exacta de curiosidad y suficiencia con la que se mira a un prodigio antes de confirmar si lo es.
El oficial supervisor, un comandante de la base de Hiroshima con veinte años de servicio, se situó a un costado de la explanada y levantó la voz sin alzarla más de lo necesario, porque no lo necesitaba.
—Las reglas son las del reglamento de evaluación. Combate hasta rendición, pérdida de conciencia o herida incapacitante. El candidato ha elegido no portar arma. El capitán Fujibayashi conserva la suya reglamentaria. Si el candidato gana, se cursa el traslado; si pierde, repite semestre. ¿Alguna objeción?
Seijuro no parpadeó.
Fujibayashi sonrió a medias. No era una sonrisa burlona; era la sonrisa corta y profesional con la que los veteranos se preparan para hacer bien un trabajo incómodo.
—Ninguna, señor —dijo Fujibayashi.
—Ninguna —dijo Seijuro.
Lo dijo sin modular la voz, sin elevarla, sin contestar con más palabras de las estrictamente necesarias, y en aquel "ninguna" limpio y sin adorno hubo, para los oficiales que llevaban observándolo desde hacía tres meses, una cantidad de información que otros cadetes no habrían logrado transmitir en un discurso completo. El supervisor asintió una vez y, con un movimiento seco de la mano derecha, dio la orden de inicio. Fujibayashi avanzó primero.
Lo hizo sin precipitarse. Un paso, dos pasos, cuchillo en la mano derecha con la hoja ligeramente baja, la izquierda abierta y adelantada como contrapeso, la posición clásica del combate asimétrico. Seijuro no retrocedió. Adoptó su guardia —mano izquierda cerrada en puño a la altura de la mejilla, cargada como un proyectil amartillado; mano derecha abierta, con la palma vuelta hacia el enemigo, medio extendida, más alejada del cuerpo— y esperó. Esperar, para un Nakata, no era paciencia: era táctica.
El primer amago de Fujibayashi fue un corte alto hacia el hombro izquierdo del muchacho. No era un ataque real; era una medida. Seijuro entendió que era una medida en el instante exacto en que la hoja empezó a moverse, y se limitó a inclinar el torso medio palmo hacia atrás, lo justo para que el acero silbase a dos dedos de la guerrera sin rozarla. No respondió. Fujibayashi reculó un paso, leyó el no-movimiento y supo que aquel muchacho no iba a contestar a medidas. Cambió el plan.
El segundo ataque fue una finta: amago a la garganta con la mano no armada, golpe real con la derecha buscando la cintura. Seijuro la leyó también. El canto del antebrazo derecho —la mano abierta, la que en la guardia Nakata se sacrifica antes que la izquierda— salió hacia fuera en un ángulo cerrado y golpeó el dorso de la muñeca del capitán con un chasquido sordo; el cuchillo no cayó, porque Fujibayashi era demasiado veterano para perder el arma por un desvío, pero el brazo le rebotó ligeramente fuera del eje y Seijuro tuvo durante medio segundo la apertura que necesitaba. No la aprovechó. Volvió a la guardia, se retiró medio paso y esperó.
Hubo un murmullo apagado entre los oficiales de los cuadernos.
Fujibayashi lo entendió inmediatamente: el muchacho no quería ganar en los primeros dos intercambios. Quería que Fujibayashi creyera que iba a ganar en los dos siguientes. Había cadetes que tenían estilo a los dieciséis años, y otros —muy pocos— que tenían algo más difícil de enseñar: sabían leer al adversario. Fujibayashi había conocido a pocos oficiales en su vida que a los cuarenta leyeran como aquel chico estaba leyendo a los dieciséis. Le gustó, y le incomodó, en partes iguales.
El tercer intercambio fue rápido.
Fujibayashi cargó con decisión esta vez: dos cortes diagonales, izquierda y derecha, y, aprovechando que Seijuro había cedido un paso para leer los dos, una estocada recta hacia el abdomen. La estocada era la buena. Iba a dar. Iba a dar en cualquier otro cadete del semestre. Fujibayashi lo supo al lanzarla y se permitió, en el milisegundo intermedio, relajar un punto el hombro derecho, preparando ya el gesto con que detendría el filo a un dedo de la piel del cadete para que el evaluador lo contara como toque válido sin herida.
Ese punto de relajación fue el único error que cometió.
Seijuro no cedió el abdomen.
Giró el torso sobre la cadera izquierda —apenas lo suficiente, ni un grado de más— de modo que la hoja negra le pasó pegada al costado, rozando la tela de la guerrera sin encontrar carne. En ese giro, el hombro izquierdo del muchacho quedó alineado con la mandíbula del capitán a una distancia exacta de cuarenta centímetros, y el puño izquierdo, que llevaba tres meses esperando ese ángulo, salió disparado sin pasar por ningún proceso intermedio de decisión.
Un solo golpe.
Seco.
Definitivo.
Fujibayashi cayó de rodillas primero y de costado después, con el cuchillo todavía en la mano derecha y los ojos en blanco. No estaba muerto —Seijuro había calibrado—, pero tardaría varios minutos en volver en sí, y cuando volviera no recordaría el segundo en el que había relajado el hombro. Pocas humillaciones peores para un veterano que no recordar el segundo exacto de su derrota.
El oficial supervisor tardó más de lo habitual en dar la orden de fin. Lo hizo al cabo, con la voz un poco más seca que al principio.
—Combate finalizado. Evaluación superada. Llamad a un médico para el capitán.
Seijuro bajó la guardia.
No sonrió.
No se acercó al caído.
Se quedó donde estaba, con las manos todavía a la altura de la mejilla y de la cintura, respirando por la nariz con una regularidad de centinela, y esperó a que le dieran instrucciones. Uno de los ayudantes de mando de Osaka —un teniente delgado con bigote fino— se separó del grupo de los cuadernos y se acercó a él con un sobre lacrado en la mano.
—Muchacho —dijo el teniente.
Lo llamó muchacho porque no tenía otra forma elegante de llamarlo a esa edad, y porque lo que acababa de ver no le permitía llamarlo candidato sin sentirse ridículo.
—Traslado inmediato a la base de Osaka. Rango de oficial pleno. Salida mañana al alba.
Seijuro tomó el sobre con las dos manos e inclinó ligeramente la cabeza.
—Osaka —repitió, sin entonación.
El teniente dudó un instante. Luego añadió, como quien aporta un dato lateral que no figura en el sobre:
—Tu padre está allí destinado desde el otoño pasado. Te esperarán en la puerta principal.
Seijuro no dijo nada. No cambió la expresión. Solo algo, en la comisura del ojo derecho, se contrajo apenas durante medio segundo, y el teniente, que llevaba veinte años leyendo rostros de oficiales, no supo si aquello había sido una emoción o una gota de sudor.
Se inclinó de nuevo, dio media vuelta y se dirigió hacia los barracones a recoger sus cosas.
A sus espaldas, un médico de campaña se arrodillaba junto a Fujibayashi y le daba palmaditas en la mejilla para que volviera en sí. El capitán, cuando abrió los ojos, no preguntó quién había ganado. Lo sabía. Miró hacia los barracones, hacia la figura delgada que se alejaba entre la niebla fina de Hiroshima, y lo primero que dijo, con una voz pastosa de mandíbula dolorida, fue una frase que los ayudantes de mando de Osaka consideraron digna de apuntarse en el cuaderno:
—Avisad al general Nakata. Su hijo va a verle.
Patio principal de la base militar de Osaka. Primeros días de la primavera de 1690
Tres días más tarde, cuando Seijuro cruzó el portón de hierro forjado de la base de Osaka con el petate al hombro y el sobre lacrado guardado en el bolsillo interior de la guerrera, lo esperaba en el patio principal una comisión informal que habría hecho sonreír a cualquier recluta normal y que consiguió, al cabo, que a él también se le moviese ligeramente una comisura. Había media docena de oficiales veteranos de los que habían servido con Jirōbei en campañas antiguas: dos comandantes, un par de capitanes cuarentones, el sargento mayor de intendencia —que no era oficial pero se había colado por derecho propio a esa clase de recibimientos desde tiempo inmemorial— y, destacado medio paso por delante del grupo, con la misma espalda recta que el hijo acababa de heredarle y una expresión que cualquier desconocido habría tomado por severa pero que Seijuro supo leer desde veinte pasos, Jirōbei Nakata.
Los oficiales arrancaron con una carcajada colectiva antes incluso de que Seijuro hubiera llegado al centro del patio.
—¡Mirad quién se nos ha plantado aquí! —gritó Raisuke, uno de los comandantes, un hombre corpulento de mejillas enrojecidas por el viento y por otras cosas, que iba a ser, con los años, jefe del ejército en Osaka—. ¡El hijo del viejo Nakata, con dieciséis años recién cumplidos, ya de oficial de pleno derecho, como su padre a los diecisiete!
—Diecisiete y medio —corrigió Jirōbei, con una sonrisa de un lado que no pasaba de la comisura pero que bastaba para abrirle la cara entera a quien sabía mirarlo.
Raisuke estalló en una carcajada nueva y golpeó a Jirōbei en el hombro con la palma ancha. Jirōbei, por una vez, se dejó empujar medio paso sin reacomodarse. El sargento de intendencia sacó de detrás de la espalda un garrafón de sake templado, demasiado temprano para la hora que era y demasiado bueno para el uniforme diario, y empezó a llenar las copas pequeñas de madera que alguien había dispuesto sobre un barril volcado junto a la puerta.
Seijuro se había detenido a tres pasos del grupo. Descargó el petate con cuidado, se inclinó en una reverencia cortísima —la formal, ni un dedo de más— y se incorporó con la misma calma con la que se había inclinado.
—Señor —dijo, dirigiéndose a Raisuke—. Señores.
Solo entonces miró a Jirōbei.
Jirōbei avanzó dos pasos y se detuvo frente a él. No lo abrazó —los Nakata no se abrazaban en público, y quizá tampoco en privado— pero le apoyó la palma ancha de la mano derecha en la nuca, con una firmeza breve que duró apenas dos segundos y que, para los dos hombres, pesó más que cualquier abrazo. Seijuro, por primera vez en la mañana, bajó media pulgada la barbilla. Fue un gesto de hijo, no de subordinado.
Jirōbei le apretó la nuca un poco más y la soltó.
—Has tardado —dijo Jirōbei.
—Salí al alba, padre.
—Has tardado igualmente.
Lo dijo con una gravedad parodiada, el sake aún sin servir a su copa, y Seijuro —que no reía en público desde que tenía memoria— dejó escapar por la nariz un resoplido corto que, en el idioma Nakata, equivalía a una carcajada.
—Jirōbei —dijo Raisuke, pasándole una copa llena—. Tu muchacho acaba de tumbar a Fujibayashi con un golpe. Un solo golpe. El parte llegó ayer. En Kyoto están aún discutiendo si firmarlo o reabrirlo. ¿No vas a decir nada?
Jirōbei aceptó la copa. La miró un instante, como si estuviera calculando algo sobre el temple del sake, y la alzó ligeramente hacia su hijo.
—Algo voy a decir, sí —respondió—. Le voy a decir a mi hijo que a la tercera vez que tumbe a un capitán del ejército con un golpe, empezaré a pensármelo yo antes de desayunar con él.
Los oficiales se rieron largo. Jirōbei también se rió, con una risa contenida, seca y breve, que Seijuro hacía años que no oía. Y Raisuke, que era el más escandaloso del grupo, le puso a Seijuro un brazo pesado por los hombros y gritó que había que mojar aquello como Dios mandaba, y que esta noche se iban los tres —los cuatro, Jirōbei, venga— al honjin del distrito sur que era una de las pocas cosas dignas de la ciudad.
Jirōbei aceptó la invitación con una inclinación de la cabeza. Llevaba años sin aceptarlas. No comentó el motivo de su cambio de opinión. Cuando, ya caída la tarde, los oficiales se dispersaron por los barracones para prepararse, Jirōbei se acercó a su hijo y, por un instante, volvió a ponerle la mano en la nuca.
—Mañana, a las cinco, al ejercicio. No llegues tarde.
—No, padre.
—Y esta noche, si te emborrachan los otros, bebe agua a escondidas y deja la copa llena. Es un truco viejo. Me lo enseñó tu abuelo.
Seijuro asintió, sin responder con palabras.
La mano en la nuca se retiró. Padre e hijo se separaron sin despedirse, porque no necesitaban despedirse cuando iban a volver a verse tres horas después en el mismo sitio. Pero los oficiales de los cuadernos, que todavía anotaban en un rincón del patio, apuntaron algo que no era reglamentario: que el viejo Nakata había aceptado aquella tarde una invitación que llevaba cinco años rechazando.
Honjin del distrito sur de Osaka. Esa misma noche, primavera de 1690
El honjin estaba al final de una callejuela de comerciantes que de día vendían tela y de noche se convertía en pasaje de linternas rojas colgadas de aleros bajos, y el edificio se distinguía de sus vecinos porque tenía dos pisos en vez de uno, una cortina azul oscuro sobre la puerta con el escudo de la familia bordado en plata deslucida, y, a ambos lados del umbral, dos faroles encendidos en señal de que el dueño —tercera generación de posaderos— aceptaba aquella noche huéspedes oficiales y oficiales no tan oficiales. Los cuatro Nakata y acompañantes —porque los oficiales de aquella partida, todos juntos, parecían casi una familia ampliada— cruzaron la cortina uno detrás de otro con un breve saludo al encargado, que los reconoció antes de que nadie abriera la boca.
Dentro, el honjin tenía la disposición habitual: un gran salón de tatami con mesas bajas ordenadas en tres filas, un pasillo lateral que daba a las habitaciones privadas del piso superior, un pequeño jardín interior con un farol de piedra encendido y, al fondo, la cocina con dos mujeres mayores que salían y entraban a toda prisa con bandejas humeantes. Había unas diez mesas ocupadas; la mayoría por comerciantes acomodados y dos por oficiales de otra compañía que saludaron a los recién llegados con un gesto desde el otro extremo. El comandante corpulento eligió sin consultar la mesa más próxima al jardín, la de honor, y se dejó caer encima del cojín con un ruido que atrajo la atención de la cocina sin necesidad de llamar a nadie.
—Aquí —dijo, golpeando la mesa con la palma abierta—. Y no me traigáis el sake barato que servís a los comerciantes, que hoy celebramos a un Nakata.
Seijuro se sentó el último, a la izquierda de su padre, en el extremo de la mesa más cercano al pasillo. Colocó las dos manos sobre los muslos, la espalda recta, la barbilla ligeramente baja, y esperó. Jirōbei se sentó en el puesto de frente al jardín, cruzó las piernas con un gesto antiguo que no le había abandonado en veinte años y miró a su hijo con una ceja levantada a medias que podía significar que estaba orgulloso de él o podía no significar nada.
Y entonces, por la cortina del pasillo, entró la tercera de las cinco hermanas.
No reía como reían las dos mayores. No se inclinaba en reverencias exageradas. No buscaba la atención de los oficiales: simplemente cruzaba el salón con una bandeja entre las manos, pasando entre las mesas con la precisión y la calma de quien sabe exactamente qué lugar ocupa en el mundo y no necesita disputarlo. Tenía dieciséis años, tantos como Seijuro, un kimono de entretiempo color marfil con un bordado discreto de sakura en la manga izquierda, y el cabello recogido en un moño bajo sostenido por una peineta de madera oscura sin adornos.
Seijuro, que había visto muertos a enemigos más altos que él y que tres días antes había dejado inconsciente a un capitán de la academia de Kyoto con un solo golpe, notó por primera vez en la vida que algo le tensaba el pecho sin motivo táctico identificable. No era deseo, o no era solo deseo. Era certeza.
La muchacha se aproximó a la mesa con la bandeja cargada de copas y un garrafón pequeño. Se arrodilló a la cabecera con un movimiento único, preciso, y empezó a servir por orden jerárquico: primero al comandante corpulento, luego a Jirōbei, luego al capitán que tenía sentado a la derecha. Seijuro la estaba mirando. No con la mirada impertinente del recluta nuevo en su primera visita a un honjin: con una mirada fija, larga, que no era maleducada pero que tampoco era distraída, y que la muchacha detectó sin apartar los ojos de la copa que estaba sirviendo. No se ruborizó. No perdió el pulso. Terminó con la copa del capitán, se giró hacia Seijuro, se inclinó ligeramente para servirle y, al hacerlo, alzó los ojos media pulgada y sostuvo la mirada.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Más de lo que la etiqueta aconsejaba.
Seijuro se levantó a medio sentarse del cojín, lo cual, en un honjin y a media cena, era incorrecto.
—¿Cómo te llamas?
Los oficiales enmudecieron a su espalda.
La muchacha no bajó la vista al oírlo. Respondió con la jarra todavía en la mano y sin apresurar la voz, como si un oficial recién llegado a Osaka interrogándola en medio de un salón lleno fuera exactamente lo que había esperado que ocurriera esa noche.
—Otsuru.
Y no sonrió.
Eso lo desarmó más que si le hubiera sonreído.
Se sentó otra vez. Uno de los capitanes le dio en el hombro con una carcajada bronca y le dijo, bajando la voz, que era una chica decente, hija del dueño, y que allí no se cortejaba a las hijas del dueño ni se las llamaba por el nombre a gritos. Seijuro no respondió. Miró al capitán un segundo con una expresión neutra que no era descortesía pero tampoco asentimiento, y el capitán, curtido en tabernas y campañas, se bebió el sake y dejó el tema. Jirōbei, desde el puesto de honor, observaba con la copa a medio alzar.
No dijo nada. Tomó un sorbo.
Tomó otro sorbo.
Y, muy lentamente, dejó la copa sobre la mesa con una cuidadosa lentitud que Seijuro, por primera vez en su vida, no supo interpretar del todo. Al final de la cena, cuando los oficiales se habían puesto a cantar una canción de campaña antigua y el comandante corpulento le golpeaba la espalda al capitán de al lado entre risas, Otsuru volvió a pasar junto a la mesa con una bandeja vacía. Seijuro esperó a que estuviera a dos pasos de él para decirle, en voz baja, mirando al frente:
—Volveré mañana.
Otsuru no se detuvo.
Pero asintió, con un movimiento mínimo de la cabeza que solo él vio, y siguió hacia la cocina con la bandeja vacía como si no le hubieran dicho absolutamente nada.
Cuando salieron del honjin, pasada la medianoche, Jirōbei se retrasó los últimos tres pasos del grupo, igualó el ritmo de su hijo y, sin mirarlo, le dijo al oído, tan bajo que nadie más lo oyó:
—La chica es la tercera.
—Lo sé, padre.
—Es la única que no se ríe.
—Lo sé.
—Y es la única que no me ha mirado.
Seijuro giró medio grado la cabeza.
—A ti sí te miró, padre. Cuando le serviste la segunda copa al capitán de la derecha. Lo que pasa es que tú en ese momento estabas mirando hacia el jardín.
Jirōbei no respondió. Dio tres pasos más en silencio. Al cuarto, sin girar la cabeza, emitió por la nariz un ruido corto que, en el idioma Nakata, equivalía a un asentimiento divertido.
—Mañana a las cinco, hijo.
—Sí, padre.
Y cada uno se fue a su alojamiento a dormir las pocas horas que les quedaban antes del ejercicio del amanecer.
Mismo honjin, durante los años siguientes — Osaka, 1690-1696
Durante los seis años siguientes, la silueta del joven oficial Nakata cruzando el portón del honjin del distrito sur se hizo tan familiar para los vecinos como la campana del templo del barrio o el grito del vendedor de tofu al amanecer. Los primeros meses lo hicieron objeto de chismes prudentes: un oficial demasiado joven, demasiado serio, que pedía una tetera y ocupaba una mesa del rincón durante horas, y al que la tercera hija del dueño servía té con la misma parsimonia con la que se lo habría servido a un anciano de ochenta años. Luego los chismes menguaron, porque los vecinos comprendieron que allí no había escándalo que contar, y lo sustituyeron por un respeto silencioso hacia lo que evidentemente estaba ocurriendo. Porque estaba ocurriendo.
Seijuro visitaba el honjin cada vez que sus turnos se lo permitían, y a veces cuando no se lo permitían. Volvía de misiones de patrulla con la guerrera cubierta de polvo, entraba sin pasar antes por su alojamiento, se sentaba a la misma mesa y esperaba a que ella tuviera un momento. Otsuru no le hacía esperar. Le llevaba el té, se arrodillaba con la bandeja en el tatami, y, si el salón estaba vacío, se quedaba unos minutos más. Al principio hablaron de trivialidades; luego de cosas menos triviales; con el tiempo, de lo que ambos pensaban del mundo y del lugar que les tocaría ocupar en él. Aprendieron a estar en silencio sin incomodidad. Aprendieron a distinguir, en cada gesto del otro, el pensamiento que había detrás del gesto. El padre de Otsuru observó el fenómeno durante dos años con esa cautela que los posaderos experimentados reservan a los oficiales jóvenes: un muchacho con mucho futuro puede querer una esposa de otra clase, una geisha mejor colocada, una hija de daimyō por alianza política; un muchacho con mucho futuro no suele elegir a la tercera hija de un posadero. A los tres años empezó a dudar de su cautela. A los cuatro la descartó. El oficial Nakata no llevaba la constancia de un capricho, sino la obstinación de quien ha tomado una decisión desde el primer día y solo espera a que los demás se pongan al nivel de esa decisión.
Otsuru, por su parte, no se precipitó. En los primeros meses se había guardado la propuesta de matrimonio que Seijuro le había hecho en la segunda semana —una propuesta enunciada, mientras ella le servía té y él acababa de preguntarle si le gustaban los niños, como se enuncia una orden de patrulla, sin rodeos y sin preámbulos, a los dieciséis años—; no la había aceptado, no la había rechazado, la había dejado en suspenso con la serenidad característica de su carácter. Creció con ella esos años. Creció él también. Y cuando, a los veintidós años, Seijuro volvió a plantear la misma propuesta, esta vez por los cauces correctos y ante el padre, Otsuru pidió dos días de reflexión por pura cortesía, pero ya había decidido desde hacía mucho que no quería otra cosa que aquel hombre parco y obstinado que llevaba seis años entrando al salón como quien entra a un puesto de mando. El padre aceptó. La madre lloró. Las hermanas lloraron también. El hermano mayor, que para entonces era ya el que llevaba las cuentas, abrazó a Seijuro de una manera que había que traducir del lenguaje de los posaderos al lenguaje de los oficiales para entender que era una bienvenida a la familia.
La fidelidad al estilo era un lujo de maestros de escuela, no un artículo del código militar: Seijuro, que nunca había cedido en nada a los oficiales mayores, había cedido en todo a la casa de un posadero, y lo había hecho durante seis años seguidos, sin prisa y sin dudas.
Casa recién alquilada, barrio militar de Osaka — Noche de bodas, otoño de 1696
La boda fue sencilla, íntima, sin ostentaciones, celebrada en el jardín pequeño del honjin paterno una tarde de octubre en la que las hojas de los arces se habían vuelto rojas sin avisar, y el hogar que los recién casados estrenarían esa misma noche —una casa modesta en el barrio militar, con tatami nuevo y el olor todavía fresco de la madera recién cepillada— fue el único regalo que Seijuro se permitió. Las visitas se marcharon al anochecer, dejándolos solos por primera vez, y el silencio que cayó sobre la casa fue el silencio particular de los matrimonios recién celebrados, que no es un silencio cómodo ni uno incómodo, sino uno que espera a ser nombrado.
Otsuru permanecía sentada al borde del futón, las manos apoyadas sobre las rodillas, la espalda recta como de costumbre, pero los dedos ligeramente tensos. Seijuro cerró el fusuma con la suavidad con la que un oficial no cierra nunca una puerta, y se arrodilló detrás de ella.
—¿Estás asustada?
Lo dijo con una voz que ningún soldado le habría reconocido, porque era la voz de Seijuro pero vaciada de autoridad.
—Un poco.
—No tienes por qué temerme.
—No le temo.
Otsuru lo dijo sin volverse, con la calma habitual, y solo al cabo de un instante, como si hubiera dudado si añadir o no lo que añadió, precisó:
—Temo no ser suficiente.
Seijuro apartó con lentitud un mechón de cabello de su nuca. Posó los labios sobre la piel, por debajo de la oreja, y sintió cómo Otsuru se estremecía ligeramente al contacto.
—Lo eres —dijo—. Lo has sido durante seis años.
Entonces le rodeó la cintura con un brazo, con la mano ancha abierta sobre el vientre de ella, y con la otra mano, la izquierda, fue soltando el obi que cerraba su kimono de bodas. La faja cedió en dos movimientos firmes, ni apresurados ni dudosos, y cayó sobre el tatami como cae una orden bien dada. El kimono se abrió. Otsuru, con los ojos cerrados, dejó que él retirase la tela de los hombros; el gesto fue pausado, deliberado, y la piel que iba quedando al descubierto recibió el frío de la habitación y, un instante después, el calor de las palmas de Seijuro.
Él la giró con suavidad, sosteniéndola por los hombros, hasta tenerla frente a él. La miró un segundo sin decir nada. Luego, sin soltarle los hombros, la besó. Fue un beso lento al principio; Otsuru entreabrió los labios y Seijuro profundizó con una firmeza que no era brusquedad sino decisión. Con una mano le sostenía la nuca; con la otra le recorrió la espalda desnuda hasta la cintura, sin precipitarse, marcando él el ritmo de todo. Otsuru apoyó las manos en su pecho con la tela de la camisa todavía cerrada, y fueron los dedos de ella los que, temblando apenas, lo abrieron. Descubrió los hombros marcados por el entrenamiento y la musculatura seca, sin grasa, de quien lleva media vida cargando pesos ajenos. No había aún cicatriz alguna en el costado izquierdo —la que llegaría al año siguiente no estaba aún escrita—, y Otsuru pudo recorrer la piel con la palma abierta sin encontrar nada que la detuviera, sin encontrar todavía, tampoco, las preguntas que años después no llegaría a hacerle nunca.
La tomó en brazos sin esfuerzo, la depositó sobre el futón y se tendió sobre ella con una lentitud precisa. Otsuru, desnuda ya del todo, tuvo un primer movimiento instintivo de cubrirse con las manos; Seijuro le tomó las muñecas con delicadeza, las apartó hacia los lados del futón y se las sostuvo contra el tatami con una firmeza contenida, lo bastante suave para no lastimar, lo bastante firme para que ella entendiera que esa noche no había nada que cubrir.
—Déjame verte.
Lo dijo en voz baja, junto a su oído. No era una petición: era una decisión comunicada.
Otsuru dejó de forcejear.
Él descendió despacio. La besó en el cuello, en la clavícula, en el esternón. La boca fue bajando por el pecho con una pausa calculada en cada punto: los labios cerrados primero, entreabiertos después, la lengua al final, como quien enseña un idioma nuevo por sílabas. Otsuru, con los ojos cerrados y las muñecas todavía sostenidas por las manos de él, arqueó ligeramente la espalda al sentir el primer mordisco leve bajo el esternón, y Seijuro le soltó entonces una muñeca, solo una, para abrirle con la mano libre las piernas, con la palma apoyada en el interior del muslo izquierdo, guiándolo hacia fuera con la autoridad tranquila con la que un oficial corrige la postura de un recluta.
Ella no se resistió. No habría sabido resistirse a aquello. Había elegido seis años atrás a un hombre firme, y lo que estaba descubriendo aquella noche era que la firmeza de Seijuro en combate era una extensión de algo más profundo, una autoridad tranquila e inevitable que también se ejercía en la intimidad y que, en vez de asustarla, la resolvía. Dejarse conducir por él —apoyada, sostenida, mirada— no era someterse: era confiar. Y confiar, para Otsuru, era la única forma posible del amor.
Seijuro siguió bajando con la boca. Cuando su lengua alcanzó el interior de los muslos y subió aún un poco más, Otsuru contuvo el aliento. Él no se detuvo. Le sujetó ambas caderas con las manos, las inmovilizó sobre el futón y se quedó allí el tiempo que hizo falta, midiendo sin prisa las respiraciones de ella, cada cambio del ritmo, cada pequeño temblor que le subía por el vientre. Cuando sintió que Otsuru empezaba a deshacerse por primera vez —un arco tenso de la espalda, un gemido bajo, contenido, que ella no se había permitido hasta aquella noche—, no la soltó. La sostuvo hasta el final. Y solo cuando Otsuru, con los ojos llenos de lágrimas que no eran de dolor, aflojó el cuerpo sobre el futón, Seijuro subió de nuevo, la besó en la boca.
—No pasa nada.
Seijuro se sitúa, con cuidado, sobre el cuerpo de Otsuru.
Ella contiene el aliento. Él se detiene.
—¿Estás bien?
Otsuru asiente, porque las palabras todavía no le obedecen.
Él entra en ella despacio, con la palma de la mano derecha abierta sobre la cadera izquierda de su esposa para marcar el compás, y con la izquierda, la cerrada, la letal, apoyada en el tatami junto a la cabeza de ella como un ancla de su propio control. El primer movimiento es lento, profundo, consciente. Otsuru emite un sonido breve, no de dolor sino de reconocimiento, y cierra los puños alrededor de los hombros de él. Seijuro no se precipita. Ningún militar que se respete dispara antes de tener blanco fijado; ningún amante que se respete impone antes de haber escuchado. Avanza, retrocede, vuelve a avanzar, y cada embestida es un poco más profunda que la anterior, medida, precisa, construida sobre la respiración de Otsuru como una melodía que él va leyendo en el rostro de ella.
Otsuru abre los ojos. Lo mira. Encuentra en la mirada de Seijuro algo que no había visto en los seis años de cortejo y que no volverá a ver con tanta nitidez en ninguna otra noche de su vida: la fragilidad de un hombre fuerte, la única forma posible de la ternura en un hombre que no ha aprendido otra.
Él baja el rostro hacia el de ella. La besa. No afloja el ritmo.
Cuando siente que el cuerpo de Otsuru comienza a tensarse de nuevo, Seijuro le sujeta las caderas con las dos manos, levanta ligeramente la pelvis de ella contra la suya y sostiene ese ángulo con una firmeza que no admite protesta. Otsuru, arqueada bajo él, con las manos aferradas a sus antebrazos como si aquellos antebrazos fueran el único lugar seguro del mundo, se deshace por segunda vez, más hondo, más largo, más suyo, y esta vez sí pronuncia un nombre en el límite del gemido y el susurro, y el nombre es el de él.
Es su nombre el que Seijuro oye primero.
Es el cuerpo de ella el que tiembla antes.
Él no se retira. La sostiene con la mano firme en la espalda hasta que la siente serenarse bajo él, y solo entonces, cuando está seguro de que Otsuru ya ha llegado, se permite él también, con tres movimientos medidos y un gruñido bajo contenido contra el cuello de ella, cruzar el umbral.
Luego, mientras las respiraciones se serenan y Otsuru se duerme apoyada sobre su brazo, el cabello revuelto sobre el futón y la respiración lenta y regular como la respiración de los niños que no han conocido todavía una pesadilla, Seijuro no cierra los ojos. La mira. La mira como quien acaba de entender algo que lleva años sin entender, y en la cabeza de un oficial que durante toda la jornada no ha pensado más que en rangos, en mapas y en rutas de patrulla aparece por primera vez, con nitidez de orden recibida, una frase sencilla y desarmante:
Esto es lo único que no quiero perder.
Al amanecer seguía despierto.
Hogar de los Nakata, barrio militar de Osaka — Otoño de 1696 – verano de 1697
Los primeros meses de vida en común fueron, en lo esencial, los meses en que Seijuro y Otsuru descubrieron que seis años de cortejo no los habían preparado del todo para la cosa más difícil que iban a hacer juntos, que era acompasar dos rutinas bajo un mismo techo. Otsuru se levantaba al alba para encender el irori, preparar el desayuno de su marido y dejar preparado el uniforme del día, colgado con una perfección que la impresionó a ella misma la primera mañana —la guerrera sin una sola arruga, el cinturón enrollado al lado, las botas lustradas con un paño— y que Seijuro aceptó sin comentarlo, porque comentarlo habría sido confesar que no le había pedido nada y que, sin embargo, le estaba agradecido por todo. Regresaba unas veces a mediodía y otras al anochecer, según los ejercicios de la base, y en ocasiones no regresaba en dos o tres jornadas seguidas si la patrulla alcanzaba las estribaciones del interior. Al principio Otsuru se desvelaba cuando él no volvía a la hora prevista; al cabo de unas semanas aprendió a apagar la lámpara del tatami a la hora justa y a dormir aunque el futón estuviera frío del otro lado. Era una de esas cosas que aprenden las esposas de los militares y que nadie les enseña.
En la base, Seijuro completó con veintidós años la transición del rango de oficial pleno al de oficial de mando, saltándose dos escalafones intermedios que otros cadetes tardaban un lustro en recorrer. No hubo celebración pública. No hubo anuncio en el patio principal. Jirōbei, destinado a una compañía distinta, recibió la noticia por vía oficial y dejó pasar dos días antes de mencionárselo a su hijo, a la hora del desayuno, en la casa familiar donde Seijuro acudía cada domingo a almorzar con su padre como habían hecho desde la primera semana en Osaka.
—Te han subido.
—Lo sé, padre.
—Te van a dar compañía propia.
—Lo sé.
Jirōbei sorbió el arroz despacio. Bajó la vista al cuenco y, sin alzarla, murmuró:
—Está bien.
Dos palabras. Lo justo. Para la escuela Nakata, una felicitación en regla.
Otsuru, en cambio, sí se permitió una alegría discreta cuando aquella misma tarde Seijuro se lo contó. No aplaudió ni se echó al cuello: se quedó un momento quieta, con las manos apoyadas en la tabla de cortar verduras, la mirada baja, y sonrió esa sonrisa pequeña que guardaba para las cosas verdaderamente grandes. Luego alzó los ojos.
—Ya sabía yo que me había casado con un hombre al que no le daba tiempo a envejecer en cada grado.
Lo dijo con la calma de siempre, sin pizca de orgullo vano, y a Seijuro le dolió un instante en un lugar de la caja torácica que no solía dolerle, porque en aquella frase cabía todo lo que había recibido de ella desde la primera tetera servida en el honjin y todo lo que iba a perder cuatro años después en el sendero de los cedros.
Con el nuevo rango empezaron las ausencias largas.
Ya no eran patrullas de interior de dos o tres jornadas, sino misiones de cuatro, cinco, siete días, y, en una ocasión memorable de aquella primavera, una campaña de verificación en la provincia de Mino que se prolongó diecinueve días, diecinueve noches y diecinueve desayunos con el futón frío. Otsuru no se quejó entonces ni después. Encontró, como habían encontrado antes que ella las esposas de oficiales durante siglos, un método propio para sostener el tiempo: tareas fijas a las mismas horas, visitas semanales a casa del suegro para que Jirōbei no comiera solo, encargos menudos que aceptaba del honjin paterno para ayudar a las hermanas con las cuentas y, sobre todo, la costumbre de escribir cartas que nunca enviaba. Las doblaba y las guardaba en una caja de laca roja dentro del arcón del dormitorio. Cuando Seijuro volvía, las quemaba sin mostrárselas. Decía, cuando él, por curiosidad tardía, preguntó una vez qué eran, que eran una forma de hablar con alguien cuando ese alguien no estaba, y que hablarle a la caja era más digno que hablarle al aire.
—¿Y por qué las quemas cuando vuelvo? —preguntó Seijuro, inclinado sobre el arcón, un domingo cualquiera de mayo de 1697.
—Porque cuando vuelves ya no hacen falta —respondió Otsuru, sin alzar la vista de la costura—. Las cartas de una ausencia pertenecen solo a esa ausencia. Si las guardara, acumularía tristeza vieja en mi casa, y esta casa no la merece.
La fidelidad al estilo era un lujo de maestros de escuela, pero la fidelidad a la forma propia era, para Otsuru, un artículo de fe doméstica, y Seijuro, que llevaba toda la vida obedeciendo reglamentos, comprendió aquella tarde que la mujer con la que se había casado tenía los suyos, y que los suyos eran, si cabía, más estrictos.
Hubo ausencias peores que otras. Una noche de junio, Otsuru se despertó sobresaltada de madrugada, sin causa aparente, y se pasó el resto de la noche arrodillada frente al altarcillo doméstico, con una lamparilla de aceite encendida, murmurando los nombres que una mujer de posadero sabe murmurar cuando el marido está fuera y el corazón le ha dado aviso. Al cabo de cuatro días, cuando Seijuro volvió, tenía un corte feo en la mejilla izquierda y una tirita militar mal cerrada sobre la ceja. Otsuru no le preguntó cómo se los había hecho. Le calentó agua, le limpió el corte con un paño, le untó el ungüento del médico de la base, y solo cuando hubo terminado le dijo, con voz tranquila:
—La noche del diecinueve no dormí.
Seijuro la miró un segundo.
—El diecinueve fue la mala.
No dijeron nada más. Había matrimonios militares en los que no hacía falta decirse nada más. Eran, quizá, los únicos matrimonios militares que duraban.
Casa de Jirōbei, barrio de oficiales veteranos, Osaka — Un domingo de primavera de 1697
Los almuerzos dominicales en casa de Jirōbei se habían convertido, con los meses, en una costumbre tan firme como los ejercicios de los martes, y aquella tarde en concreto —una tarde templada de finales de marzo, con los cerezos empezando tímidamente a abrirse en el jardín trasero de la casa paterna— Seijuro estaba sentado en el porche, con una taza de té entre las manos y una pierna cruzada sobre la otra, escuchando a su padre contar por cuarta o quinta vez en su vida una historia que tenía que ver con una escaramuza en Kaga y con un sargento que se había caído de un puente. Seijuro la conocía entera. Jirōbei la sabía. Y, sin embargo, Jirōbei la estaba contando de nuevo, porque contarle cosas a un hijo dos y tres veces es una de las pocas cosas en las que un padre sabe que no se equivoca.
Cuando Jirōbei llegó al final de la historia —la misma caricatura del sargento, el mismo chapuzón, la misma frase de remate—, Seijuro se rió.
No fue una risa grande. Fue una risa baja, corta, de un solo tiempo, como todas las risas suyas. Pero fue una risa.
Jirōbei, que había servido té en aquel mismo momento, se quedó con la tetera suspendida en el aire medio segundo de más.
La posó.
Miró a su hijo.
Miró la taza.
Miró otra vez a su hijo.
—Hijo —dijo.
—¿Padre?
—Esa mujer te ha cambiado.
Lo dijo sin preámbulo, con la misma cadencia seca con la que decía siempre las cosas importantes. No era una pregunta. Era una constatación. Seijuro alzó la vista de la taza con una cautela nueva; no porque le molestase la observación, sino porque le sorprendía el registro. Jirōbei no comentaba nunca esas cosas. Llevaba veintidós años sin comentar esas cosas.
—¿Cambiado en qué, padre?
Jirōbei sirvió el té con una lentitud estudiada antes de responder.
—Hace seis años no te reías. Te reías por dentro, si acaso, y muy bajo. Ahora te ríes por fuera. Poco, y mal, y cortito, pero por fuera. Y cuando hablas de tu mujer, se te cae la guardia un instante en el lado derecho. En el izquierdo no, nunca, pero en el derecho sí. No lo habías hecho en la vida.
Seijuro bajó la vista a la taza. Durante un instante no supo qué decir. Era raro en él no saber qué decir.
—No creía que se notase —respondió al fin.
—No se nota, hijo. Solo lo nota un padre.
Hubo un silencio. Jirōbei dio un sorbo largo al té, mirando hacia los cerezos del jardín, y añadió, con una voz que era ya la del veterano y no la del padre:
—Cuídala. En este oficio las cosas buenas no duran lo que duran en otros. Uno se entera tarde de lo que ha tenido.
—Sí, padre.
—Y tráela más a comer los domingos. Que esta casa está vieja de que entre a ella un solo Nakata cada semana.
Seijuro asintió. No dijo nada más. Pero aquella tarde, al volver al barrio militar, contó a Otsuru dos cosas que no solía contarle: lo que había dicho su padre, y que desde el próximo domingo los tres almorzarían juntos. Otsuru, que estaba remendando un cuello, no levantó los ojos de la aguja. Solo sonrió, muy despacio, esa sonrisa pequeña suya, y tardó un buen rato en contestar.
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Que tu padre, al final, me aceptaría.
—Mi padre te aceptó hace seis años, Otsuru.
—Tu padre me toleró hace seis años. Hoy me aceptó. No es lo mismo.
Seijuro la miró un instante en silencio y, por segunda vez en el mismo día, se le rió la guardia del lado derecho.
Bosques del norte — Final del verano de 1697, tres años antes del tsunami huérfano
La intensificación empezó sin anuncio, como empiezan siempre estas cosas. Durante los primeros meses de 1697, los partes que llegaban a la base de Osaka desde las provincias del norte hablaban de apariciones de akuryō con una frecuencia que, comparada con la década anterior, resultaba anómala. En los consejos, el alto mando evitaba pronunciar la palabra regreso; los oficiales veteranos ya la pronunciaban en las sobremesas.
—Están volviendo, Seijuro —le dijo Jirōbei, un domingo de julio, cortando en dos una pera con el cuchillo del cinturón—. Y los que lo niegan en el consejo son los que más tarde entenderán por qué lo negaban.
Seijuro no respondió. Aquella misma semana se ofreció voluntario para una expedición que el estado mayor había decidido enviar a los bosques del norte, donde tres aldeas habían reportado desaparición de habitantes sin cadáver, lo que, en el idioma administrativo del ejército, significaba akuryō con un grado de probabilidad cercano al cien por cien. La expedición la componían ocho oficiales y cincuenta y dos soldados. Seijuro iba al mando de un destacamento de reconocimiento de doce hombres.
Otsuru lo despidió en la puerta de la casa al amanecer del día doce de agosto.
No le pidió que volviese. Hacía un año que no se lo pedía. Le ajustó el cuello de la guerrera con las dos manos, le recolocó una correa del equipo que no estaba descolocada y, como único gesto de despedida, le apoyó un instante la palma abierta sobre el esternón.
—Aquí estaré.
—Lo sé.
Aquello, para ellos, era suficiente.
Seijuro tardó tres semanas en regresar a Osaka, entró en la ciudad una madrugada gris con la guerrera empapada de sangre seca, de los doce hombres de su destacamento solo volvieron cuatro, del resto de la expedición regresaron menos de la mitad, y le quedó una cicatriz larga en el costado izquierdo —desde el arco de la última costilla hasta casi el hueso de la cadera— que no iba a cerrar bien en la vida.
Algunas cicatrices son más elocuentes callando.
Hogar de los Nakata, barrio militar de Osaka — Septiembre de 1697
Otsuru le lavó la herida sin decir una palabra.
La descubrió al ayudarle a quitarse la guerrera, a la hora tercera de la tarde del día en que Seijuro regresó. No se asustó. No gimió. Fue a buscar el cuenco, el paño, el agua caliente y el ungüento, trajo además una aguja curva y un hilo de seda —porque al ver la herida supo que los puntos del médico de la base no habían sido suficientes—, y, con Seijuro sentado en un taburete bajo del tatami, se arrodilló frente a él y empezó el trabajo. Le ajustó los puntos que estaban mal cosidos. Cortó los que sobraban. Limpió con el paño la costra reciente. Apretó el ungüento con las yemas de los dedos. Hizo todo aquello con la misma economía de movimientos con la que servía una tetera en el honjin, y solo al cabo de media hora, cuando hubo terminado y se lavaba las manos en el cuenco, habló.
—¿Una mujer?
Seijuro la miró desde arriba.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el corte. Por el ángulo. Y porque esta vez no me has contado nada apenas llegar.
Seijuro bajó la vista al suelo.
—Una muchacha, más o menos. No es humana. O no del todo.
Otsuru asintió una vez. No preguntó más. Le secó las manos a él con el mismo paño con el que se había secado las suyas, le ajustó el vendaje, le trajo una taza de té y se sentó a su lado en el tatami.
—Nos vamos a Tanabe —dijo Seijuro, de pronto.
Otsuru no se sorprendió. Levantó los ojos del cuenco.
—¿Cuándo?
—Lo antes que pueda arreglar el traslado. Tres semanas, quizá. Un mes. Puedo pedirlo por rotación: hay una base pequeña en la costa sur que lleva dos años sin oficial de mando, y me deben favores.
—¿Por qué Tanabe?
—Porque los akuryō están volviendo, y están volviendo por el norte. Osaka va a ser el siguiente frente.
—¿Y la costa sur no?
Seijuro dudó un segundo antes de responder. Era la primera vez en su vida de casado que dudaba antes de responder a su mujer, porque era la primera vez que la respuesta que iba a darle no era del todo la verdad completa.
—La costa sur es pequeña —dijo al fin—. Lleva años apenas con apariciones. El estado mayor no espera que cambie pronto. No podré llevarte a ningún sitio totalmente seguro, Otsuru, porque ningún sitio va a ser totalmente seguro en los próximos años. Pero Tanabe será, durante un tiempo, el más seguro de los posibles.
Otsuru dejó el cuenco sobre el tatami con cuidado. Puso la mano encima de la de su marido.
—¿Y tú?
—Yo iré y volveré. Como hasta ahora. Como siempre.
—Solo que ahora vendrás desde más lejos.
—Solo eso.
Hubo un silencio. Otsuru lo miró con una calma que a Seijuro, por primera vez en siete años, se le hizo difícil de sostener.
—Bien —dijo ella al cabo—. Haré las maletas esta semana.
Y se levantó a seguir con la cena, como si acabaran de decidir el menú del domingo.
La mudanza, en realidad, llevó cinco semanas. El traslado oficial se firmó un martes de principios de octubre, la casa del barrio militar se cerró un viernes, los baúles salieron en un carro hacia el sur el sábado, y el lunes siguiente los Nakata —Seijuro y Otsuru, porque Jirōbei, que se quedaba en Osaka, vino solo a despedirlos a la puerta de la ciudad— llegaron a Tanabe en una mañana de otoño en la que el mar estaba picado y el viento traía sal hasta las montañas.
En Tanabe, Otsuru convirtió una casa sencilla en un hogar con la misma naturalidad con la que había servido bandejas de té en el honjin paterno. Colgó telas, plantó crisantemos en una maceta de barro junto al pozo, aprendió los nombres de los vecinos antes que Seijuro. Una tarde de finales de otoño de 1699 —dos años justos después de la mudanza—, cuando Seijuro había vuelto de una patrulla larga por el interior de la península, Otsuru lo recibió en la puerta sin quitarse el delantal y le anunció lo que había decidido anunciarle aquella noche.
—Estoy embarazada.
Seijuro se quedó quieto en el umbral, con la guerrera todavía a medio quitar. No por duda. Por miedo. Y el miedo, en un hombre como él, era siempre un huésped al que no sabía del todo dónde sentar.
—¿Estás preparada? —preguntó al fin, con una voz que delataba más al militar de lo que habría querido.
Otsuru apoyó su mano sobre la de él y sonrió con la calma de siempre.
—¿No le dije, oficial, hace ya diez años, que me gustaban los niños?
Seijuro cerró los ojos un instante. Luego la abrazó. No le había contado nunca el detalle exacto del combate en los bosques del norte, ni la frase que la muchacha rubia le había dicho al desenrollar las cadenas, ni el juramento silencioso que él mismo había hecho aquella noche, en el claro de abedules, de no volver a dejar a su mujer cerca de una kōtei viva. Nunca se lo contaría. Había decisiones de marido que no se cuentan a la esposa; y había decisiones de oficial que no se cuentan a nadie.
Claro de cedros en la ladera del monte, junto al túmulo de Otsuru — Atardecer del 28 de enero de 1700
El recuerdo se disolvió como el humo del incienso del día anterior, y el bosque volvió a ser bosque, y el frío volvió a ser frío. Seijuro seguía arrodillado frente al túmulo. Llevaba allí casi el día entero, y el sol, que al mediodía había entrado de lleno entre las copas de los cedros, se inclinaba ahora hacia el oeste y alargaba las sombras de los troncos sobre la tierra recién removida.
—No pude protegerte.
Cerró los ojos y apoyó las palmas sobre el túmulo.
—Lo siento.
No era solo por no haber corrido más rápido por el sendero. Era por cada noche ausente de los seis años de cortejo en que la había dejado esperar en la mesa del honjin. Era por cada patrulla larga de los cuatro años de matrimonio en que había vuelto con el futón frío del otro lado. Era por cada carta de ausencia que ella había escrito y había quemado sin mostrarle. Era por la decisión de Tanabe, tomada para protegerla de un enemigo que, a la postre, había sabido dónde encontrarla. Era, sobre todo, por algo que solo ahora, a solas y tarde, se permitía recordar con la nitidez con la que se recuerdan las cosas que uno ha tratado de no oír: aquel susurro de Otsuru, en la casa de Tanabe, apenas media jornada antes, contándole —a él, a sí misma, al aire— su alegría por haberle dado un varón. Pronunciado tan bajo que nadie, él el primero, había reparado en que aquella iba a ser ya la última frase que ella diría en esta vida.
El viento sopló entre los cedros.
Seijuro, por primera vez desde el mediodía del día anterior, no sintió rabia. No sintió deseo de venganza. Sintió amor, y sintió también, con una claridad que no había tenido antes, que el verdadero precio del deber no lo había pagado él, y que aquella deuda no se cancelaría en ningún libro de contabilidad del ejército.
Había perdido una sola vez en la vida.
La única que importaba.
Descendió hacia la aldea al anochecer, con la espalda recta y los ojos secos, sin saber que al día siguiente partiría hacia Osaka para reunirse con su padre y con el recién nacido, y sin saber tampoco —porque esta clase de cosas solo las saben los narradores y nunca los hombres— que no volvería a aquel claro jamás.


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