Prólogo 2: viejos amigos
Montañas al noroeste de Tanabe — año 1700 d. C.
—¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo es posible? —preguntó Seijuro, con la voz cortada en seco por la incredulidad, dando medio paso atrás sin soltar el cuerpo de su esposa.
La silueta rubia sobre la roca dejó de cantar, se enderezó lentamente y bajó de un salto blando, casi gatuno, hasta el sendero, con un movimiento tan impropio de una adolescente humana que a Seijuro le confirmó, si hacía falta confirmación, lo que ya sabía: aquella criatura no pertenecía al orden natural de las cosas del mundo.
—El portal se ha vuelto a abrir, Seijuro —respondió ella, con el mismo acento extranjero —. He vuelto. No… hemos vuelto, querido. Esta vez somos más. Y esta vez me aseguraré, de una manera o de otra, de que nadie nos detenga. Ni tú, ni tu padre, ni ninguno de los vuestros.
En la cabeza de Seijuro, todo encajó con la rapidez con que encajan las piezas en un tablero de shōgi cuando el jugador experimentado adivina, al cuarto movimiento, los doce siguientes. Si ella había vuelto, si lo había dicho en plural, entonces el portal del que solo algunos oficiales del ejército sabían de su existencia, se había abierto de nuevo, y por él habían entrado al mundo real los akuryō y otros seres peores que los akuryō. La criatura que tenía delante no era un akuryō común, de esos grises y sin cara que se movían en oleadas y que él había combatido por decenas en el norte; era una kōtei, así los llamaban los altos mandos del ejército para distinguirlos del resto, un rango de criatura superior al que se le concedían honores terribles en los informes secretos. Y era, además, la misma kōtei con la que ya se había enfrentado años atrás, la que le había dejado la cicatriz mal cerrada del costado y la que había prometido volver. Ahora había vuelto. Y tenía un objetivo concreto, porque esa criatura no hacía nada al azar: había venido a matarlo. A él, a Seijuro Nakata, a quien por entonces, en los cuarteles del imperio, se consideraba el hombre más fuerte de Japón.
Todo eso lo entendió Seijuro en los dos segundos que separaron la última frase de Klepsa de su propia respuesta.
Todo eso, mientras sostenía en brazos a su esposa moribunda.
La situación, analizada con el frío procedimiento con que un oficial veterano del ejército analiza un mapa de batalla, era muy simple. No podía pelear. No tenía ninguna oportunidad en un combate uno contra uno contra una kōtei de ese rango, y menos aún cargando con Otsuru. Tenía que huir, llegar a la casa del médico lo más rápido posible y dejar a su esposa con la partera antes de que la fiebre se la llevara del todo. Pero, al mismo tiempo, si la kōtei lo seguía, podía condenar a toda la aldea que lo acogiera a una masacre. De modo que debía escapar, sí, pero sin combatir, y sin que ella lo siguiera. Debía escurrirse. Debía convencerla de que no valía la pena. Seijuro, que no era hombre de palabras en situaciones normales, supo que en aquella situación las palabras iban a tener que hacer por él lo que los puños no iban a poder hacer.
—No tengo tiempo para ti ahora mismo —dijo, y lo dijo con la mayor serenidad de la que fue capaz, midiendo cada palabra como si fuera un paso sobre hielo delgado—. Déjame curar a mi mujer, que se me muere en los brazos, y volveré a por ti. Tienes mi palabra. Pero no ahora.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta, con la lentitud deliberada de quien no quiere parecer que huye, e intentó continuar hacia el interior de la montaña, donde, un poco más arriba, se veían ya las primeras casas de la aldea del médico entre los troncos.
CLANG.
Una fina cadena de acero oscuro golpeó el suelo un paso por delante de sus sandalias, con un sonido seco que retumbó brevemente entre los cedros y que espantó a dos cuervos que estaban posados en lo alto, los cuales alzaron el vuelo graznando con un lamento largo y desagradable. Seijuro se detuvo. Comprendió que no podía huir. Comprendió, también, que la advertencia no había sido un error de puntería, sino un mensaje deliberadamente claro: aquella cadena había caído exactamente donde su dueña había querido que cayera. Un paso antes, un paso después, habría matado a alguien.
A él, no. Todavía.
—No me parece que entiendas la posición en la que estás ahora mismo, Seijuro —comentó Klepsa con la voz relajada de quien negocia desde la altura, sin moverse de su sitio, como si la cadena hubiera sido una firma al pie de un contrato que él ya había aceptado sin leer—. No eres tú quien decide cuándo volver.
Seijuro se giró otra vez, esta vez mirándola fijamente a los ojos, y la miró durante un lapso muy largo, con esa mirada impersonal y fría del oficial del ejército que ha decidido calcular antes que sentir, y con la que en los cuarteles incluso los superiores procuraban no cruzarse demasiado tiempo.
—Déjame poner a mi mujer en un lugar seguro primero —dijo al fin, con voz quieta—. Después peleo. Contigo. Solo contigo. Y hasta donde haga falta. Klepsa inclinó la cabeza muy levemente, concediéndoselo con la condescendencia de quien concede cosas pequeñas antes de tomar las grandes.
Seijuro se apartó del sendero principal unos pasos, eligió un cedro grueso, con las raíces sobresaliendo del mantillo, y depositó a Otsuru con una delicadeza casi litúrgica en el hueco entre dos raíces, recostándole la cabeza contra el tronco y acomodándole la colcha de seda alrededor del cuerpo para que el frío no se le metiera por las aberturas. Le apartó del rostro un mechón de cabello húmedo con la punta del índice, exactamente igual que se lo había apartado horas antes en la alcoba del parto, y pegó la frente a la de ella unos segundos, no para despedirse —se negaba a despedirse— sino para hablarle al oído con la voz más baja que podía modular, una voz que la Klepsa que esperaba a diez pasos, pese a su oído de criatura, no alcanzara a descifrar.
—Tranquila, Otsuru. Aguanta. Saldremos juntos de esta, te lo juro. Pronto estarás cuidando de nuestro hijo.
Se incorporó.
Se giró.
Volvió al sendero.
Se plantó frente a Klepsa, quieto, callado, firme, serio, con el pulso tan limpio y regular como el de un metrónomo. Se podía escuchar su corazón latir con fuerza, aunque en ese momento todavía era un latido humano, ordenado, disciplinado, sin nada de lo que después iba a venir.
—Cuando quieras —sentenció.
Y adoptó su característica posición de combate: la mano izquierda completamente cerrada en puño, a la altura de la mejilla izquierda, cargada como un proyectil amartillado; la mano derecha abierta, con la palma vuelta hacia la enemiga, medio extendida, más alejada del cuerpo. Era la guardia con la que Seijuro Nakata había peleado desde los cinco años. Una guardia sin armas. Porque a Seijuro, a diferencia de su padre Jirōbei y demás oficiales del ejército, que llevaban la katana reglamentaria al cinto, nunca le habían gustado las armas de ninguna clase; y era, en eso, una excentricidad en su propia casa, un oficial que en los cuarteles provocaba sonrisas incómodas cada vez que se presentaba al entrenamiento con las manos desnudas y volvía con las manos desnudas. Pero los años habían ido callando aquellas sonrisas una a una. Porque Seijuro había llevado la obstinación por los puños hasta un virtuosismo tal que su izquierdo era un arma más letal que cualquier katana reglamentaria del ejército
—Veamos cuánto has mejorado —murmuró Klepsa, sonriendo muy levemente, con esa sonrisa suya que tenía más de curiosidad científica que de crueldad.
Y sacó de las mangas de su vestido las dos finas cadenas de acero oscuro que llevaba enrolladas en los antebrazos, las dejó caer hasta el suelo con un movimiento económico de los hombros y, al instante, la pelea comenzó.
Seijuro sintió, más que vio, cómo la primera cadena se lanzaba hacia su cabeza a una velocidad que ningún humano, por entrenado que estuviera, habría tenido tiempo de procesar con los ojos. Ni siquiera la vio venir. Solo, por puro reflejo largamente entrenado, la desvió hacia la izquierda con la palma abierta de su mano derecha, encajando el roce del metal contra la piel con una frialdad que desde fuera habría pasado por impasibilidad. La fricción del metal contra la carne le abrió un corte profundo en la palma, de los que no cicatrizan en semanas. No protestó. Ni una mueca.
Sin perder el ritmo, mientras Klepsa recogía la cadena para volver a atacar, Seijuro cargó contra ella. Cubrió la distancia en dos zancadas, flexionó las rodillas, bajó el centro de gravedad hasta casi rozar el suelo con el codo derecho, y desde esa posición curvada, como un muelle tensado al máximo, descargó el puño izquierdo hacia arriba, en un gancho que buscaba el mentón de la kōtei, cargado con todo el peso de su cadera y el entrenamiento de toda una vida. Era un golpe que habría noqueado a cualquier soldado, a cualquier samurái, a cualquier luchador profesional de Edo. A cualquier humano.
Pero antes de liberar el golpe, Seijuro notó, con el rabillo del ojo, cómo una cadena tensa como una cuerda de arco, tan tensa que parecía que dos personas tiraran de ella con la misma fuerza desde dos ángulos imposibles, se interponía en la trayectoria de su puño. El impacto lo detuvo en seco. El puño izquierdo reventó contra el acero con un crujido sordo y el brazo entero le retembló hasta el hombro. Sangre. Dos nudillos rotos, quizá tres. Huesos astillados en la mano, casi con total seguridad. El dolor, para un hombre como él, era un idioma familiar que no interrumpía la conversación. Retrocedió varios metros de un salto, recuperó la guardia, volvió a pensar. La diferencia de nivel entre los dos combatientes no era ya evidente: era abismal. En dos movimientos, Klepsa había demostrado estar varias ligas por encima de él.
¿Tan débil era el ser humano, se preguntó Seijuro por primera y última vez en mucho tiempo, frente a los monstruos del otro mundo? La pregunta se la tragó sin responderla. No tenía tiempo para preguntas. No podía permitirse dudar. No, no podía permitírselo. Otra cadena silbó hacia su cabeza; otra vez la desvió con la derecha; otra vez el corte se le abrió más profundo, justo en el centro de la palma. Y así, ataque tras ataque, durante un minuto que a Seijuro le pareció medio día, Klepsa fue labrándole la mano derecha hasta convertirla en una carnicería humeante de sangre y carne abierta, mientras él, con una paciencia que nadie, fuera de él mismo, habría entendido, seguía sin usar la izquierda para defenderse.
—Es gracioso —comentó Klepsa al fin, en una pausa entre cadena y cadena, hablando con el tono coloquial de quien hace un comentario de sobremesa, sin dejar de enrollar el acero en el antebrazo—. Tu mano derecha está roja de sangre. Cortes por todas partes. Y aun así no usas la izquierda para defenderte. Solo la has usado una vez para atacarme, y, por cierto, fallaste. ¿Hasta cuándo piensas seguir así, Seijuro? ¿Hasta quedarte sin mano?
—Soy fiel a mi estilo, nada más —respondió él, con la voz tranquila de quien contesta algo insignificante, y lo dijo sin levantar la vista del suelo, concentrado en un punto impreciso entre los dos pies de su enemiga.
Mintió.
Mintió tan limpiamente como había visto mentir a su propio padre en los consejos de guerra, cuando había que engañar al enemigo con lo que el enemigo quería oír. Seijuro Nakata haría todo lo posible por salir vivo de aquel claro, aunque eso significara traicionar su estilo, su tradición y el nombre de todos los Nakata que le habían enseñado a pelear. La fidelidad al estilo era un lujo de maestros de escuela, no un artículo del código militar, y sobre todo no era un artículo que un marido con la mujer a diez pasos de la muerte se pudiera permitir.
Llevaba rato analizando cada movimiento de las cadenas, cada tirón, cada tensión, cada microgesto de los hombros de Klepsa antes de soltar cada golpe. Había sacrificado voluntariamente su mano derecha para mantener intacta la izquierda. Había decidido, desde el segundo ataque, que no iba a ganar aquella pelea por fuerza ni por velocidad: iba a ganarla por cálculo. Necesitaba un solo golpe limpio. Uno. Y aprovechar la contusión posterior para recoger a Otsuru y escapar. Seijuro sabía golpear como nadie en el ejército; solo necesitaba una ventana de tiempo en la que la kōtei no pudiera usar una de sus cadenas para defenderse.
Una sola apertura.
—¿Fiel a tu estilo? —insistió Klepsa, ahora con un deje burlón que hasta ese momento había evitado. Y el deje burlón, en los combatientes de cierto nivel, suele ser el síntoma de que empiezan a aburrirse y, por tanto, el síntoma de que empiezan a cometer errores—. Tengo curiosidad, Seijuro. No usas la izquierda para defenderte. Pero… ¿la usarás para defender a tu mujer?
Y en ese instante Seijuro entendió, con un escalofrío que le nació en la nuca, que había cometido una negligencia. Todo el combate, sin haberlo previsto conscientemente, lo había librado con Otsuru justo detrás de él, inmóvil contra el cedro, a treinta pasos. Lo había hecho instintivamente, por el reflejo de proteger a la esposa con el cuerpo; pero ese mismo reflejo, que en circunstancias normales habría sido una virtud, acababa de convertirse en una ofrenda al enemigo. Klepsa, cuya curiosidad científica siempre se había manifestado en forma de crueldad elegante, no iba a desperdiciar una ofrenda.
Las dos cadenas, una atada a cada uno de sus brazos. No había usado la cadena izquierda en todo el combate. Ahora, de pronto, tenía dos.
Las dos cadenas se tensaron al mismo tiempo.
Las soltó.
Las dos.
A la vez.
Y no, las dos cadenas no iban hacia Seijuro.
La segunda, la del brazo izquierdo de Klepsa, iba directa al cuello de Otsuru.
Seijuro solo tenía dos manos. No tenía más remedio.
Desvió la primera con la malherida palma derecha, que se abrió todavía un dedo más en el trayecto, y con la izquierda —aún sana, aún entera, aún cargada con el proyectil amartillado que llevaba reservando toda la pelea— atrapó la cadena que iba contra su esposa a un palmo del rostro de ella.
—¡Klepsa! —rugió con una rabia que no había dejado salir hasta ese instante, y el nombre, que ninguno de los dos había pronunciado en todo el encuentro, le salió de dentro como si llevara tres años guardado.
—Vaya, vaya —respondió ella, casi sorprendida—. Así que aún recuerdas mi nombre. Me halagas, querido.
—Eres una cobarde. ¡Ella no puede defenderse!
—Ay, Seijuro. Esperaba que su maridito la protegiera. Y, mira, la has protegido. No hay motivo para insultarme.
—No tengo más tiempo para esto. Aquí se acaba la pelea.
—Eso no es algo que decidas tú —replicó ella, con la misma voz cantarina—. No me iré de aquí hasta asegurarme de que estés muerto. Te lo dije hace tres años, y tres años son un suspiro para alguien como yo.
Klepsa, sin más aspaviento, intentó recoger ambas cadenas a la vez, con la mecánica rutinaria del que ha hecho ese gesto diez mil veces. Y entonces lo comprendió. Entonces Klepsa comprendió, con el gélido retraso con que los virtuosos comprenden sus propios errores, que había cometido uno muy grave.
Porque durante todo aquel combate, mientras ella jugaba, Seijuro Nakata la había estudiado. Tenía dos cadenas, una atada a cada brazo; las iba tensando o destensando según necesitara más o menos longitud; y, lo más importante, mantenía siempre las dos puntas de cada cadena sujetas al antebrazo, de modo que, cuando soltaba una de las dos puntas, la cadena podía dar ese latigazo imposible capaz de partir un cedro por la mitad. Al mismo tiempo, era capaz de pasar ambas cadenas en un radio casi perfecto alrededor de su cuerpo, a una velocidad inhumana, formando una especie de escudo giratorio parecido al de una niña que saltara a la comba a mil revoluciones; si alguien se atrevía a entrar en ese radio con un puño, el puño volaba por los aires antes de encontrar nada que golpear.
Pero ahora era Seijuro quien sujetaba una de esas dos puntas. Porque, sin darse cuenta, Klepsa había lanzado la cadena izquierda hacia Otsuru a una velocidad menor que la que utilizaba contra Seijuro —no necesitaba más, era un objetivo inmóvil, bastaba con matarlo con fuerza suficiente, no había que impactar a un blanco móvil—, y esa pequeña reducción de velocidad, aunque bastaba de sobra para matar a cualquier humano o animal, no bastaba para impedir que un Seijuro acelerado por el pánico y la estrategia la atrapara en lugar de limitarse a desviarla. Fue en ese instante cuando el corazón de Seijuro cambió. Empezó a latir con una fuerza que no era la suya, a un ritmo que no era humano. Cinco golpes rápidos, secos, contra las costillas, uno detrás de otro, como cinco puños pequeños tocando un parche de tambor desde dentro.
Pausa brevísima.
Cuatro golpes más, algo más lentos, más graves, como si un segundo tambor, más grande que el primero, hubiera tomado el relevo. Y vuelta a empezar. Cinco rápidos. Cuatro más lentos. Cinco, cuatro. Una cadencia antigua, heredada, que ninguno de los dos tambores había aprendido en este mundo sino en otros bosques y otros siglos, y que solo afloraba en la sangre de los Nakata cuando la sangre de los Nakata estaba a punto de perder algo que amaba. Hasta Klepsa, a varios metros, lo oyó. Lo oyó y, por primera vez en aquella tarde, su sonrisa perdió algo de su geometría.
—Se acabó, Klepsa —sentenció Seijuro, ya seguro de su victoria, con la voz distinta. Una voz que no era la suya pero era la suya desde siempre, la que le había sido prestada por los abuelos de los abuelos.
—No digas tonterías solo porque has agarrado una de mis cadenas —respondió ella, con un retintín ya menos firme, más apresurado, tratando de recolocarse—. Sabes que tengo otra, ¿no? No me subestimes ahora.
Pero antes de que Klepsa recogiera del todo su cadena derecha y pudiera hacer otro ataque, Seijuro Nakata ejecutó la maniobra para la que llevaba toda la pelea preparándose. Tiró con todas sus fuerzas, multiplicadas por los tambores del pecho, de la cadena izquierda que había atrapado al vuelo, atrajo a Klepsa hacia él por pura inercia de su propio peso y soltó la punta en el momento exacto. Al soltarla, Klepsa, que por la física no podía detener el tirón ya iniciado, continuó volando hacia él a una velocidad superior a la que habría elegido jamás. Seijuro, en ese medio segundo, flexionó las rodillas, bajó el centro de gravedad, adelantó la pierna derecha, cargó el puño izquierdo hacia atrás hasta la altura del hombro y mantuvo la derecha medio extendida, con la palma apuntando al blanco, para no perder la referencia espacial.
Cuando Klepsa llegó al rango del brazo izquierdo, no dudó.
El bosque retumbó.
Un golpe seco.
Los pájaros levantaron el vuelo.
El puño impactó directamente en su mandíbula, por el lado izquierdo, con toda la fuerza acumulada de toda una vida de entrenamiento; el cuerpo de Klepsa, tan menudo comparado con el suyo, salió disparado lateralmente, recorrió varios metros en el aire con las cadenas flotándole detrás como serpentinas de una fiesta perversa y chocó contra un cedro a la derecha del sendero con un crujido de corteza, huesos y metal que sonó a sentencia firmada.
Un golpe directo en la barbilla que habría noqueado a cualquiera.
Nadie saldría ileso de semejante golpe.
Nadie que fuera humano, claro.
Seijuro no esperó confirmación. No la miró caer del todo. No comprobó si se levantaba. Tomó a Otsuru en brazos con el mismo gesto con el que se toma un fardo sagrado y echó a correr sendero arriba, hacia el torii rojo del médico, con las dos manos rotas y el alma medio rota también, y con los tambores del pecho retirándose muy despacio, como se retira la marea, hasta volver a su ritmo humano.
Aldea del médico, montaña arriba
Poco después
Varios minutos después, Seijuro alcanzó por fin la aldea, un puñado de casas humildes encajadas en un rellano del bosque, con un pozo central y un templete de piedra dedicado a alguna deidad local de la que él nunca había oído hablar. Buscó desesperadamente la casa que el médico le había indicado, con el haori rasgado y la sangre de la derecha goteando sobre la colcha de Otsuru, hasta que una esposa canosa y de ojos inteligentes, que esperaba en la puerta con una palangana de agua hirviendo a los pies y un delantal lleno de paños limpios, lo reconoció por la descripción y lo hizo entrar con dos gestos secos sin necesidad de palabras. Dentro, el médico, que había llegado solo unos minutos antes por el sendero principal, ya estaba preparando las manos.
¿Cuánto tiempo había tardado?, se preguntó Seijuro, confundido, notando por primera vez que el cuerpo de Otsuru había dejado de temblar contra su pecho y que ya no pesaba casi nada.
—Déjela aquí, por favor —dijo el médico con la voz baja, señalando un jergón limpio tendido junto al hogar—. Voy a examinarla.
—Está bien. Por favor, doctor, cúrela. Cúrela. No le pido nada más.
El médico se arrodilló junto al jergón. Le tomó el pulso en el cuello. Se lo volvió a tomar, esta vez en la muñeca. Le levantó un párpado con el pulgar, como había hecho en la calle, y, esta vez, ni siquiera aguantó dos segundos antes de volver a cerrárselo, con un gesto delicado que pretendía ser, y que no alcanzaba a ser, una forma de respeto. Seijuro, a dos pasos, no podía quitarse de la cabeza lo que acababa de ocurrir en el sendero, el ruido de la mandíbula de Klepsa, el chasquido del cedro, los tambores; pero daba igual todo eso, se repetía a sí mismo, la cuestión era que ya estaban allí, que el médico iba a examinar a Otsuru, que ella iba a ponerse sana en cuestión de días, que iban a criar juntos a su hijo, que los akuryō habían vuelto, sí, pero ya lidiaría con ellos luego; primero era su esposa.
El médico se volvió hacia él muy despacio.
—Está muerta.
Seijuro hizo como que no había escuchado bien.
—¿Perdona, doctor? No te he podido escuchar bien. ¿Qué has dicho?
—Esta mujer lleva muerta desde hace un rato ya, señor —repitió el médico, con la misma voz baja, sin aspavientos, con esa frialdad compasiva que los rurales desarrollan a base de tener que dar malas noticias sin hospital de por medio—. No puedo hacer nada. Lo siento mucho. Lo siento muchísimo. Ojalá hubiera podido llegar antes.
Seijuro palideció.
Entre los cedros, en ese mismo instante
—Vaya, vaya… —murmuró Klepsa, sentada en el suelo contra el cedro astillado, con la mandíbula dislocada colgando levemente hacia un lado, hablando entre dientes con una extraña calma profesional, como quien se saca una astilla del pie—. Vaya, vaya…
Se colocó las dos manos a los lados de la mandíbula, respiró hondo una vez, otra vez, y, al tercer intento, tiró con fuerza hacia arriba y ligeramente hacia dentro, encajando el hueso con un chasquido breve y desagradable. Flexionó la articulación en silencio, comprobó que funcionaba, escupió un hilo de sangre y sonrió a medias, más para sí misma que para nadie en particular.
—No me esperaba encontrarte tumbada en el suelo, Klepsa —dijo una voz femenina desde lo alto del sendero, con un acento distinto, más occidental todavía que el suyo, más limpio, más educado—. Qué poco propio de ti.
Klepsa levantó la vista. Una silueta de mujer, más alta que ella, morena, con una espada larga envainada en la cadera y el paso tranquilo de quien nunca ha tenido prisa por nada, bajaba por el sendero con una sonrisa pequeña.
—¿Eh? ¿Lucy? ¿Qué haces aquí?
—Ya he terminado lo que me pediste —respondió la recién llegada, acomodándose al lado de la otra con la familiaridad de dos amigas que se reencuentran—. Y tenía curiosidad por ver en acción a ese tipo del que me habías hablado tanto. Tenía que venir a mirar. Parece bastante fuerte.
—Sí —concedió Klepsa, escupiendo otro hilo de sangre con un gesto indiferente—. No está mal para ser un simple humano. Pero no es su fuerza, Lucy, no te equivoques; es su maldita astucia lo que me saca de quicio. Siempre encuentra la forma de salirse con la suya. No puedo con ese tipo, joder. Necesito deshacerme de él de una vez.
Lucy, que llevaba los brazos cruzados sobre el pecho mirando el sendero por el que se había perdido Seijuro, se limitó a ladear la cabeza y a sonreír, como si hubiera descubierto algo interesante por primera vez en muchos años.
Sin embargo, esta vez, Seijuro no se había salido con la suya.


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