Prólogo 4: el camino de vuelta parte I
Sendero del bosque de cedros, ladera norte del valle de Tanabe — 29 de enero del año 1700
Hay caminos que se andan con los pies y otros que se andan con la memoria, y esa tarde, en el sendero que descendía hacia el norte por la ladera oscura del valle de Tanabe, Seijuro Nakata andaba los dos a la vez sin saber muy bien cuál de los dos pesaba más. Las botas se hundían en la tierra húmeda al ritmo lento que imponía la pendiente, y cada veinte o treinta pasos los cedros centenarios se cerraban un poco más sobre el sendero, formando una bóveda baja en la que la luz del atardecer se filtraba a tiras delgadas, oblicuas, que caían sobre la tela camuflada del uniforme militar y la transformaban en algo que no parecía ya ni uniforme ni soldado, sino simplemente sombra que se movía en otra sombra. Detrás de él, varias laderas más arriba, el túmulo de Otsuru se enfriaba bajo una capa de tierra removida y de hojas de cedro caídas. Delante, el valle se ensanchaba poco a poco hacia llanos cultivados y pequeñas aldeas dispersas, y más allá, mucho más allá, estaba Osaka, donde su padre lo esperaba con un niño que aún no tenía edad para mantener los ojos abiertos.
Seijuro no se detuvo ni una sola vez en aquella primera bajada. Había aprendido hacía mucho que el cuerpo del soldado, cuando no encuentra orden a la que obedecer, obedece a la inercia del paso, y que ese era el truco más antiguo y más eficaz para no derrumbarse en mitad de un camino que no se podía permitir interrumpir. Avanzaba, por tanto, sin pensar en avanzar, dejando que las piernas resolvieran lo que la cabeza era incapaz de resolver. Y la cabeza, mientras tanto, hacía lo único que sabía hacer en aquellos casos: enumerar.
Enumeraba problemas.
Era la herencia disciplinaria más profunda de Jirōbei: cuando un oficial Nakata se encontraba con una catástrofe demasiado grande para pensarla entera, la fragmentaba en pedazos manejables y los ordenaba por prioridad, igual que se ordenaban los hombres en una formación de combate. Los soldados primero. Detrás los heridos. Detrás los suministros. Y los muertos, al final, porque los muertos, decía siempre el padre, ya no exigen nada al que sigue vivo, salvo que recuerde por qué murieron. Seijuro no compartía del todo aquella última frase, pero esa tarde, descendiendo por el sendero del bosque de cedros, comprendió por primera vez con exactitud lo que su padre había querido decir con ella.
Ordenó, pues.
El primer pedazo era Otsuru.
El segundo era el niño.
El tercero era Klepsa.
El cuarto era el portal.
El quinto, todo lo demás.
Pensar en Otsuru, decidió, no era un problema sino una herida; y las heridas de soldado se curan andando, no parándose a mirarlas. La dejó, por tanto, atrás. No para olvidarla —no se olvidaba a una esposa muerta hacía menos de un día—, sino para no dejar que aquel pedazo invadiera los otros cuatro. Pensar en el niño tampoco era exactamente un problema: el niño estaba con Jirōbei, y Jirōbei era, después de él mismo, el hombre vivo en quien Seijuro confiaba más profundamente para mantener vivo a un crío de tres días. El segundo pedazo, por tanto, también podía dejarse en suspenso unos días.
Klepsa y el portal, en cambio, no eran pedazos que pudieran dejarse en suspenso.
Klepsa había aparecido en los bosques de Tanabe.
Eso significaba, sin margen para la duda, que el portal se había abierto otra vez. Los kōtei no aparecían en los bosques de Japón por casualidad ni por turismo. Aparecían cuando el portal estaba abierto, y el portal solo estaba abierto cuando, al otro lado, lo que fuera que decidía esas cosas decidía que volvía a ser el momento. Sobre lo que había al otro lado del portal, los oficiales de alto rango del ejército japonés no sabían gran cosa, y los que decían saber un poco más eran, casi siempre, los que menos sabían. Sabían que había otro mundo. Sabían que de aquel mundo salían los akuryō, en oleadas, cada cierto número de generaciones. Sabían que, desde hacía algún siglo, también salían criaturas con cara y con nombre, kōtei, mucho más peligrosos individualmente que los akuryō. Y sabían que, cuando empezaba todo aquello, no había modo conocido de pararlo desde el mundo real. Lo demás —por qué, para qué, a las órdenes de quién— era materia de rumor en los cuarteles y, sobre todo, materia de silencio. Lo único que importaba esa noche era lo único que un oficial Nakata necesitaba saber: si Klepsa había aparecido en los bosques de Tanabe, los akuryō ya estaban en marcha. Quizá esa misma noche. Quizá en el norte, quizá en el sur, quizá en el camino que él pisaba.
Aquel pensamiento debería haberlo asustado.
No lo asustó.
Seijuro Nakata, a sus veintiséis años, había olvidado hacía tiempo el modo en que se asustan los demás. Su miedo, cuando aparecía, no se manifestaba como un temblor ni como un escalofrío, sino como una claridad fría, casi geométrica, que le ordenaba las prioridades antes de pedirle permiso. Y esa noche, mientras descendía por el sendero del bosque de cedros, la claridad fría le estaba diciendo, con la educación impasible de un subalterno que entrega un parte, que él ya no era solo un soldado del ejército japonés y un viudo de un día. Era también, quizá, el único oficial de Japón que sabía con exactitud lo que estaba a punto de ocurrirle al país.
Y eso, tarde o temprano, iba a ser un problema.
Pero esa noche todavía no.
Acampó cuando la luz se retiró por completo entre las ramas y los troncos perdieron su contorno. Lo hizo como se acampa cuando se acampa solo y no se quiere ser encontrado: lejos del sendero, a sotavento de una cresta baja, entre dos cedros caídos que formaban una uve natural y dejaban un pequeño hueco resguardado del viento. Reunió ramas secas con el método silencioso que llevaba aprendido desde los catorce años. Encendió el fuego con dos chispas de pedernal y un puñado de hojas de cedro deshilachadas. Las llamas tardaron poco en estabilizarse. Cuando las tuvo, se sentó al lado, con la espalda contra uno de los troncos caídos y las dos manos extendidas hacia el calor.
Se miró las manos.
La derecha, abierta, tenía cuatro nudillos despellejados de la noche anterior. La izquierda, cerrada, no tenía marcas.
Las manos, pensó, eran lo único en aquella tarde que no le dolía.
Cerró la izquierda con suavidad y la apoyó sobre la rodilla.
El fuego crepitó.
Y por primera vez desde la sanba, desde el grito sin grito de Otsuru, desde la cadena de Klepsa y el cedro contra el que la había arrojado, desde la cabeza inclinada del médico rural y la anciana sin nombre que lavaba un cuerpo que ya no sentía nada, por primera vez en todo aquel tiempo, Seijuro permitió que la cabeza se le quedara quieta unos segundos, en silencio, mirando un fuego que ardía solo para él y para nadie más.
No fue un descanso.
Fue otra cosa.
Otsuru habría sabido nombrarla; él no.
A la tercera noche el bosque cambió.
Seijuro lo notó a media mañana, mientras subía por la falda de una colina baja y los cedros empezaron a dar paso a un terreno más abierto de robles y arces de invierno, sin hojas, con las ramas escuetas recortadas contra un cielo blanco que amenazaba nieve sin terminar de soltarla. No fue un cambio de paisaje lo que lo alertó. Fue un cambio de sonido. Aquellos dos días previos, descendiendo desde Tanabe por sendas dispersas, había oído lo que se oye siempre en un bosque japonés en pleno invierno: el viento alto, los cuervos lejanos, los pequeños roces del suelo, el gemido seco de algún tronco que se contrae con el frío. Aquella mañana, no.
Aquella mañana, los cuervos se habían callado.
Un soldado que no es capaz de notar cuándo se calla un cuervo, le había dicho Jirōbei a los nueve años, es un soldado que ya está muerto y no lo sabe. Seijuro había entendido la frase de niño como una de tantas exageraciones paternas, y solo años después, en el primer combate real contra una kōtei en los bosques del norte, había comprendido lo literal que era. Los cuervos eran el sistema de aviso más antiguo del mundo. Cuando se callaban, era porque algo los había hecho callarse. Y si era invierno, y si el silencio era prolongado, y si el viento no había cambiado, lo que los había hecho callarse no era humano.
Se detuvo.
Apoyó el pulgar de la derecha sobre el dorso de la izquierda, como hacía siempre antes de un combate, y notó el latido del propio pulso bajo la piel. Estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, quizá. La parte de él que había enterrado a Otsuru tres mañanas antes y a la que durante tres jornadas había impuesto silencio operativo seguía guardando silencio. La parte de él que llevaba el apellido Nakata, en cambio, había levantado la cabeza despacio y empezaba a escuchar el bosque con una atención que no había puesto en nada desde el sendero del cedro. Avanzó otros doscientos pasos.
Encontró el primer rastro a la altura de un torrente.
No era un rastro de hombre.
Era una huella ancha, sin dedos definidos, hundida demasiado profundamente para ser de ningún animal del bosque. La piedra del torrente, junto a la huella, estaba astillada hacia dentro, como si algo se hubiera apoyado sobre ella con más peso del que aquella piedra había sido construida para sostener. Seijuro se acuclilló y pasó la mano por encima sin tocarla. La huella no estaba congelada del todo: la habían dejado hacía menos de seis horas. La criatura, fuera la que fuese, no andaba lejos.
Se levantó.
Eligió el claro siguiente, lo eligió bien.
Era un círculo pequeño de tierra apisonada, abierto entre cuatro rocas grandes que formaban algo parecido a una herradura. La quinta cara, la única expuesta, daba a una pendiente descendente: cualquier cosa que viniera por allí tendría que subir, y subir cuesta arriba contra un fuego encendido es una desventaja que ni siquiera un akuryō sabe compensar. Encendió el fuego más alto que la noche anterior, deliberadamente alto, deliberadamente visible. No iba a esconderse. Iba a esperar.
Cenó pan duro y un trozo de pescado seco que le había metido la sanba en el zurrón sin decir nada. Lo masticó despacio, sin hambre. Mientras lo masticaba, reordenó mentalmente la postura: la izquierda en guardia alta, la derecha abierta a la altura del esternón, el peso sobre la pierna trasera. Repasó las distancias del claro como otros repasan oraciones. Catorce pasos hasta la roca grande de la izquierda. Diez hasta la del frente. Seis hasta el cedro joven que rompía la línea de la derecha. Lo hizo dos veces. A la tercera, ya no necesitó pensar.
Y esperó.
La luna nunca terminó de salir.
Llegaron sin sonido.
No los oyó respirar, no los oyó pisar; lo único que llegó fue, primero, un silencio aún más espeso que el del cuervo, y después, en el límite del círculo de luz que el fuego dibujaba sobre la tierra, una silueta gris que se desprendía de un tronco como si el tronco la hubiera estado escondiendo y de pronto se hubiera cansado de hacerlo.
Detrás venían dos más.
Y detrás de los dos, un cuarto, más alto, con los brazos demasiado largos para el tronco.
Seijuro no se levantó deprisa. Se levantó con la calma exacta del que sabe que la prisa, en ese momento, era el primer error posible. Cerró el puño izquierdo a la altura de la mejilla.
Abrió la derecha por delante del pecho.
Y pensó, con una claridad que no había tenido desde el sendero del cedro:
Bien.
El primero saltó.
Lo hizo torpe, como saltan los akuryō que se acaban de despertar, con los brazos por delante y la cabeza echada atrás como si todavía no se hubieran terminado de armar. La derecha de Seijuro lo encontró antes de que aterrizara. No fue un golpe: fue una desviación. La palma abierta entró por debajo del antebrazo del akuryō, lo levantó hacia arriba dos dedos, lo desequilibró hacia su propia izquierda, lo dejó descubierto.
La izquierda entró entonces.
Fue un golpe corto.
Seco.
A la altura del pecho, donde un humano tendría el corazón.
El akuryō salió despedido hacia atrás como si una catapulta lo hubiera empujado y se estampó contra la roca grande del fondo del claro. Crac. La roca aguantó. La criatura no. Cayó sobre la tierra con el pecho hundido y, durante un par de segundos largos, las piernas le siguieron temblando, porque los akuryō no entienden enseguida que están muertos y a veces tardan en obedecer la orden.
El segundo y el tercero llegaron a la vez.
Seijuro respiró.
Y entonces ocurrió.
No tan completo como en el cedro, no tan abierto como aquella tarde con Klepsa.
Pero ocurrió.
El corazón, dentro del pecho, dio un primer golpe distinto.
Y otro.
Y otro.
Cinco rápidos, cuatro más lentos.
El bosque se quedó callado.
El segundo akuryō recibió la palma derecha de plano en el centro de la frente, una palma que lo hubiera aturdido si fuera humano, y que en él solo le sirvió a Seijuro para reorientarle la cabeza un palmo, lo justo para que la izquierda alcanzara la base del cráneo desde abajo con un trayecto ascendente que hubiera partido en dos a un buey. La cabeza giró sobre el cuello noventa grados antes de seguir hasta los ciento ochenta.
Crac.
El cuerpo cayó.
El tercero ya había llegado al alcance.
Seijuro no se molestó en desviarlo. Lo dejó venir. La criatura abrió la grieta gris donde debería estar la boca, mostró la doble fila de dientes desordenados, lanzó los dos brazos al frente para atraparle el cuello.
Demasiado lento.
La derecha de Seijuro le cogió la muñeca derecha al vuelo, la cerró con la fuerza de un torno, y tiró.
El brazo del akuryō salió del hombro con un crujido húmedo.
Seijuro lo arrojó al fuego.
Y antes de que el cuerpo descabezado por el dolor —dolor que no sentía, pero por el desequilibrio sí lo notaba— terminara de caer, el puño izquierdo entró otra vez, esta vez por la sien.
Crac.
Tres en el suelo.
El cuarto, el alto, el de los brazos demasiado largos, no se lanzó.
Se quedó parado al borde del claro, con la cabeza inclinada hacia un costado en aquella postura de animal que evalúa, y por un instante Seijuro se preguntó si los akuryō, alguno de ellos, alguna vez, tenían dentro algo que pudiera llamarse vacilación. La pregunta no duró nada. El akuryō alto echó atrás los hombros, abrió la grieta de la cara hasta que el silencio del claro se llenó del crujido seco de aquella mandíbula sin labios, y cargó.
Y entonces fue cuando la cosa dejó de ser un combate.
Seijuro recibió la carga de frente. No la desvió. La derecha, abierta, fue contra el pecho de la criatura como si quisiera frenarla, y el peso del akuryō —porque pesaba, pesaba mucho más de lo que pesa un humano de su tamaño— hizo retroceder a Seijuro tres pasos enteros antes de que el talón izquierdo encontrara la roca trasera del claro y se detuviera. El akuryō lo empujó contra la roca. La grieta de la cara estaba a un palmo de la suya. La boca enorme se abrió hasta tocarle el aliento. Y Seijuro, en aquella posición imposible, pegado a una roca con una criatura inmortal encima, hizo lo único que le pasó por la cabeza:
Se acordó de Otsuru en brazos.
De su peso muerto.
De cómo le había mojado la pechera de sangre durante la bajada.
Del médico rural diciendo está muerta.
Del puñado de tierra cayendo sobre la madera del ataúd.
Y el corazón, dentro, redobló.
Seijuro soltó la guardia.
Las dos manos.
Cerradas.
Y empezó a golpear.
Golpeó la cabeza del akuryō con la izquierda. Con la derecha. Con la izquierda. Con la derecha. Sin guardia, sin técnica, sin economía. Cada puño entró donde el anterior había abierto un boquete. La piel gris cedió a la cuarta vez, el hueso a la sexta, el contenido a la octava. Pero Seijuro siguió golpeando. La criatura ya no se sostenía. La criatura ya no tenía cara. La criatura, en algún momento entre el golpe nueve y el golpe doce, había dejado de estar viva en cualquier sentido que los akuryō entendieran como vida. Seijuro siguió golpeando.
La rabia salía por los puños como sale el agua por una compuerta abierta, y Seijuro, que había aprendido hacía veinte años a cerrar todas las compuertas que llevaba dentro, esa noche, en aquel claro, dejó de cerrar la última.
Otsuru. Otsuru. Otsuru.
Cuando paró, el cuerpo del cuarto akuryō estaba bajo sus dos rodillas, sin forma reconocible. Los brazos del propio Seijuro le temblaban como no le habían temblado nunca, ni siquiera en la primera evaluación de Hiroshima, ni siquiera en el primer combate al norte. Tenía las dos manos abiertas. La izquierda y la derecha. Las miró. Estaban cubiertas de algo gris y oscuro que no era ni sangre ni barro y no quiso pensar qué era.
El fuego del claro ardía detrás de él, intacto.
El bosque alrededor seguía callado.
Los cuervos no habían vuelto.
Seijuro permaneció arrodillado un rato largo.
Cuando fue capaz de levantarse, lo hizo despacio, con la sensación rara de que se levantaba un cuerpo que no había sido completamente el suyo durante los últimos minutos. Miró los cuatro cadáveres del claro como mira un oficial el campo después de la batalla: contando, identificando, certificando que cada uno está muerto en el sentido en que esa especie está muerta. Lo estaban. Caminó hasta el fuego. Se arrodilló otra vez, esta vez por elección, y metió las dos manos en la nieve sucia que se había acumulado al borde de la hoguera. Las frotó. La nieve se volvió gris. Volvió a frotar. La nieve se volvió negra. Repitió la operación tres veces hasta que la nieve, simplemente, dejó de cambiar de color porque ya no había en sus manos nada que pudiera teñirla más.
Se sentó al lado del fuego.
No durmió aquella noche.
No por miedo a otro ataque —el bosque alrededor del claro estaba ya, hasta donde alcanzaba el oído, completamente vacío de presencia akuryō; los cuervos, sin haber vuelto a graznar, habían retomado el zureo nocturno que les era propio, y eso era el segundo sistema de aviso más antiguo del mundo, el que decía ya pueden volver, ya no hay nada—. No durmió porque la rabia, al retirarse, había dejado dentro un sitio vacío que él no sabía cómo se llenaba.
La rabia, en quien sabe usarla, es solo otra forma de claridad. Y el problema, esa noche, no era que Seijuro Nakata no supiera usarla. Era que la había usado demasiado bien. Y un soldado que descubre que se le da demasiado bien algo, descubre también, casi siempre, que ese algo no se le iba a olvidar nunca.
Miró el fuego.
El fuego no le respondió.
Pensó, por primera vez en tres días, en el niño que su padre llevaba en brazos hacia Osaka, y se preguntó si llevaba algo dentro de la sangre que en algún momento le saldría por los puños del mismo modo en que esa noche le había salido a él. La pregunta no tuvo respuesta.
Seijuro echó otro tronco al fuego.
Vigiló hasta el amanecer.
Y al amanecer recogió el campamento sin mirar atrás, sin enterrar a los akuryō, sin nada y caminó hacia Osaka.
Ladera occidental, provincia de Kii — primeros días de febrero del año 1700
Los tres días siguientes los anduvo Seijuro Nakata como se andan los días de un soldado al que se le acaba de morir todo: en silencio, con disciplina y sin permitirse mirar nada por dentro que no fuera el camino siguiente. El bosque de cedros quedó atrás y dio paso a una sucesión de colinas bajas y campos de arroz invernales, encharcados, vacíos de gente, que se extendían hacia el norte en una repetición monótona y casi piadosa: era difícil emocionarse mirando un campo de arroz en febrero, y aquello, esos días, era lo que más se parecía a un descanso. Cuando se cruzaba con un caminante —un mercader que tiraba de una mula, un monje vagabundo con el kesa mojado, un par de leñadores que volvían de la sierra— se saludaban con el gesto mínimo y seguían su camino sin preguntarse el nombre. Seijuro lo prefería así. Hablar suponía contestar, y contestar suponía recordar, y recordar, esos días, era lo único que no se podía permitir todavía.
Pensó mucho en el niño.
No tanto en el niño concreto, al que apenas conocía, sino en la idea de que el niño estaba en algún lugar al norte, en brazos de su padre, dirigiéndose a Osaka por un camino paralelo al suyo, y que tarde o temprano los dos caminos se cruzarían en un patio de cuartel y él tendría que tomar al niño por primera vez como padre y no como soldado de guardia. Aquello, descubrió, le daba más miedo que cualquier akuryō del bosque. Un akuryō se desviaba con la derecha y se mataba con la izquierda; un hijo, no.
Pensó también en sus manos.
Las miraba al final de cada jornada, cuando el frío del campamento empezaba a entumecérselas y tenía que estirar y cerrar los dedos para devolverles la sangre. Las miraba con una atención nueva, casi clínica, como se mira una herramienta que uno ha utilizado durante años creyendo conocerla y que de pronto, una noche, ha hecho algo que uno no le había pedido. La derecha, abierta, era la de siempre: la mano del oficial que desviaba, ordenaba, calmaba a un subalterno con un gesto. La izquierda, cerrada, no era la de siempre. La izquierda había aprendido, en el claro de las cuatro rocas, que podía seguir golpeando un cuerpo cuando el cuerpo ya había dejado de oponerse, y aquella era una clase de saber que, una vez aprendida, no se desaprendía.
Aquella era, también, la clase de saber que había convertido a más de un hombre del ejército, en la generación de Jirōbei, en algo distinto de un hombre.
Seijuro no quería ser algo distinto de un hombre, no quería ser un monstruo.
No esa semana, al menos.
Esa semana quería llegar a Osaka, ver al niño, sentarse delante de su padre y dejar que su padre, por primera vez en muchos años, le dijera qué hacer.
Al cuarto día, los campos empezaron a estar habitados. Aldeas pequeñas, casas reconstruidas a medias, leñadores trabajando otra vez en las laderas. Seijuro entendió por las preguntas de cortesía que los caminantes le hicieron al cruzarse —preguntas sobre Tanabe, sobre el agua, sobre los muertos— que el tsunami del 27 de enero había llegado más lejos de lo que él había sospechado, pero también que había perdido fuerza al alejarse de la península. Cuanto más al norte avanzaba, más liviana se volvía la huella del agua. Las aldeas hablaban del tsunami como hablan los que lo han oído contar: con respeto, con un poco de terror, pero sin la herida abierta de quien lo ha vivido. Solo en Tanabe, le habían dicho dos peregrinos al cruzarse, solo en Tanabe seguían recogiendo cuerpos.
Seijuro asintió y siguió andando.
Al sexto día empezó a oler a Wakayama.
Olía, sobre todo, a humo de cocina y a pescado seco, y por encima de las dos cosas, débil pero persistente, a madera mojada que se está secando demasiado deprisa al sol de invierno. Era el olor de una ciudad que había recibido un golpe pero que ya estaba decidida a no morirse del golpe. Seijuro lo agradeció sin saberlo. Llevaba seis días andando dentro del olor de un bosque y de un campamento propio, y el olor de una ciudad —cualquier ciudad— era, esa tarde, casi una promesa.
Wakayama, puerta sur. Provincia de Kii — atardecer del sexto día
Wakayama no era una ciudad grande pero tampoco una aldea. Había muralla baja, había puerta, había guardias somnolientos a la puerta que ni siquiera levantaron la vista del brasero cuando Seijuro pasó delante de ellos: vieron el uniforme militar bajo el polvo del camino, vieron la insignia mal cosida del cuello, y eso fue todo. Un oficial del ejército no necesitaba justificarse a la puerta de una ciudad provincial. Dentro, el tsunami había dejado huella. No tanta como en Tanabe, pero sí la suficiente para reconocerla a la primera mirada: la calle principal, que iba paralela a un canal medio cegado de barro, tenía una de cada dos casas con la madera oscura del primer metro hasta la altura de la cintura, marca del agua sucia que había subido y bajado seis días antes. Algunas tablas habían sido ya retiradas y reemplazadas por madera nueva, más clara, que no terminaba de encajar en color con el resto y daba a las fachadas un aspecto de cicatriz mal curada. En las puertas se acumulaban montones de enseres ya secos al sol —tatamis enrollados, biombos rotos, cestos vacíos— que las familias no acababan de decidir si todavía servían o si convenía tirarlos. Una mujer barría la entrada de su casa con la cara puesta exactamente en la baldosa que estaba barriendo, sin mirar a los lados. Un niño pequeño, sentado en un escalón, sostenía con las dos manos un cuenco de barro al que le faltaba un trozo del borde, y lo sostenía como si arreglarlo dependiera de no soltarlo.
Una ciudad herida, pensó Seijuro, es una ciudad que se entretiene en cosas pequeñas para no tener que mirar las grandes.
Recorrió la calle principal sin prisa.
Se detuvo en el primer puesto que aún estaba abierto —un comerciante de pescado seco que recogía las piezas del mostrador en una caja de madera— y le hizo, sin demasiadas esperanzas, la pregunta que llevaba seis días deseando hacer y temiendo a la vez.
—Disculpad —dijo, y el comerciante levantó la cabeza con la cortesía cansada de quien ya ha cerrado mentalmente la jornada—. ¿Han visto algo extraño estos días por la zona? ¿Animales que no deberían estar aquí? ¿Criaturas?
El hombre lo miró un segundo con extrañeza.
—¿Criaturas? —repitió.
—Algo… que no encaje.
El comerciante levantó las dos cejas, divertido a su pesar.
—Aquí lo único que no encaja, oficial, es la mitad de mi tienda. —Señaló la marca de agua en la pared con el pulgar, casi orgulloso—. Llegó el agua, se llevó dos cestos, los devolvió rotos y se fue. Eso es todo lo extraño que hemos tenido este año.
Seijuro asintió y siguió.
Lo intentó dos veces más. Una mujer que lavaba ropa en la orilla del canal lo miró un momento, se rió bajito y le dijo que en Wakayama lo único raro que había visto en su vida era a su propio marido, y que llevaba veintidós años acostumbrándose. Un anciano sentado en el quicio de una farmacia escuchó la pregunta con atención mayor que los anteriores, se quedó pensando un rato largo, y al final sacudió la cabeza y dijo solo: pájaros nuevos no, soldado. Cuervos los de siempre.
Seijuro le dio las gracias.
Aquellas tres respuestas deberían haberlo tranquilizado.
No lo tranquilizaron.
Lo que sabía de los akuryō, lo sabía bien: nunca anunciaban su llegada, y cuando una ciudad decía que no había visto nada raro era exactamente la clase de ciudad en la que algo raro estaba a punto de pasar. Seijuro echó una mirada a las callejas laterales, a los tejados, a la línea baja de las colinas que rodeaban Wakayama por el este. Nada. Nada todavía. El sol empezaba a tocar la cresta de la colina del oeste.
Pensó dormir en una posada y descartó la idea casi al instante: una posada significaba dueño, libro de huéspedes, preguntas, conversación, otras voces, ruido. No tenía esa noche en el cuerpo. Buscó, en cambio, lo que un soldado entrenado busca siempre cuando llega cansado a una ciudad: una casa al borde, alejada, modesta, con un huerto pequeño y una salida fácil hacia los campos. Lo encontró en la última calle del pueblo, ya casi al límite del muro bajo, donde las construcciones se espaciaban y empezaban los campos de cebada invernal. La casa era de madera oscura, de un solo piso, con el tejado bajo de paja prensada y un alero que sobresalía un palmo más de lo razonable. Tenía un pequeño engawa junto a la puerta, y en el engawa había una escoba apoyada y un par de sandalias de paja secándose al sol del atardecer. La marca del agua en la pared exterior llegaba apenas a la altura de la rodilla, mucho más baja que en el centro del pueblo. Una de las fusuma del frente se había deformado y no cerraba bien: faltaba apenas un dedo entre las dos hojas, y por aquel hueco salía, esa tarde, un olor a caldo de miso recién hecho que llegaba al sendero antes de llegar al patio. Seijuro se detuvo delante.
Tardó un momento más del estrictamente necesario en levantar la mano hasta la madera de la puerta, porque entre el momento de pararse delante de una casa ajena y el momento de llamar a esa casa había, esa tarde, una distancia que un viudo de seis días tenía que recorrer despacio.
Llamó.
Se abrió la puerta.
Y al otro lado había una anciana con la cara entera puesta en la suya, mirándolo con una atención tranquila, no curiosa, casi profesional, como si llevara cincuenta años abriendo puertas a hombres con el polvo del camino en el cuello del uniforme y supiera de antemano qué hacer con cada uno de ellos.
—Buenas tardes —dijo Seijuro.
La mujer no contestó enseguida. Terminó de mirarlo: el polvo en las botas, los nudillos de la derecha, la manga izquierda manchada de algo oscuro que él había frotado con nieve tres noches atrás y que la nieve no había logrado quitar del todo. Cuando terminó, asintió una vez, como quien certifica un parte.
—Buenas tardes, oficial.
—No vengo por nada oficial —aclaró Seijuro—. Estoy de paso. Iba a buscar un sitio donde dormir y prefiero no hacerlo en una posada. Si tenéis un rincón seco, puedo trabajar lo que haga falta a cambio. La pared del fondo, el alero. Cualquier cosa.
La anciana lo miró otro segundo más. Y entonces, sin decir nada todavía, se hizo a un lado.
—Pasa.
Detrás de ella, asomando media cabeza por encima del engawa, había una niña.
Tendría seis años, quizá siete. Llevaba un kimono de algodón gris con una obi roja descolorida y un pequeño pasador de madera en el pelo que le sujetaba un mechón sobre la oreja. Tenía la cara redonda, los ojos demasiado grandes para la cara, y miraba a Seijuro con la fijeza absoluta y completamente desinhibida con la que solo miran los niños de seis años a los adultos.
—Suzu —dijo la anciana sin volverse—. Apártate.
La niña no se apartó.
—¿Es un soldado?
—Sí.
—¿De los nuestros?
—Sí, pequeña. Apártate.
Suzu se apartó por fin, pero no sin antes mirarlo de arriba abajo otra vez, con ese tipo de inspección descarada que en una mujer de cincuenta años habría sido grosera y en una niña de seis era simplemente un censo. Seijuro, que había olvidado durante una semana cómo se hacía, sintió una contracción ridícula en una esquina de la boca. No llegó a ser sonrisa. Pero estuvo cerca.
Entró.
—Me llamo Tome —dijo la anciana cuando cerró la puerta detrás de él—. Mi nieta es Suzu. Si te quedas, dormirás en el cuarto del fondo, sobre los tatamis viejos. Antes de eso, te lavarás. Y antes de eso, comerás. En ese orden.
Seijuro inclinó la cabeza un grado.
—De acuerdo.
—Y antes de todo eso —añadió Tome, sin mover apenas la voz—, me ayudarás con la viga de la cocina. Lleva cuatro días caída y mi yerno no llega hasta mañana. Si la dejo otra noche así, se nos hundirá el techo.
Seijuro miró el dintel del fondo. Una viga de cedro, gruesa como un brazo, había cedido por uno de los extremos y estaba apoyada contra la pared en un ángulo absurdo. Tome ni siquiera se había vuelto para señalarla: lo daba por sabido.
La viga le ocupó media hora. Tuvo que retirar dos paneles de la pared, encajar el extremo caído sobre un nuevo apoyo improvisado con dos cuñas de madera que él mismo talló con el cuchillo, y volver a fijar el conjunto con dos clavos de hierro que Tome sacó de una caja sin que nadie le indicara dónde estaba. Trabajó en silencio. La anciana se sentó en el escalón a observar, con las manos juntas sobre el regazo, no dándole instrucciones, no entorpeciéndolo, simplemente acompañando el trabajo con su presencia como acompañan las viudas el trabajo ajeno desde hace siglos en cualquier aldea de cualquier provincia. Suzu, en cambio, no se sentó: dio vueltas alrededor de Seijuro tres veces durante la operación, le tendió un clavo cuando pidió un clavo, le retiró una astilla del suelo cuando le señaló la astilla, y al final, cuando la viga ya estaba en su sitio y él bajaba del taburete, le dio dos palmaditas en el codo con un gesto de aprobación absolutamente formal, como si fuera un capataz pasando inspección.
Seijuro la miró.
Suzu lo miró.
—Está bien —dictaminó la niña.
—Gracias —contestó él, con seriedad.
Tome, en el escalón, levantó una ceja medio milímetro.
Cenaron poco después. La cocina era pequeña y olía bien. Tome había puesto tres cuencos sobre una mesa baja: caldo de miso, un poco de arroz de la víspera recalentado, y un trozo de daikon en escabeche partido en tres porciones desiguales —la más grande, advirtió Seijuro sin que lo dijera nadie, era la suya—. Comieron en el suelo, sobre cojines deshilachados que habían sobrevivido a varias generaciones de huéspedes. Suzu se sentó frente a Seijuro. Tome, al lado de la niña.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Suzu sin levantar la vista del cuenco, atacando un grano de arroz con la concentración de un samurái contando enemigos.
—Seijuro.
—Seijuro qué.
—Seijuro Nakata.
La niña masticó el grano. Lo masticó largo. Después levantó la cara.
—Mi padre era soldado —anunció, con el tono que se anuncia un dato administrativo importante—. Murió. Hace tres años. Pero estaba en el ejército.
Seijuro no contestó enseguida.
Hace tres años.
La cifra le entró por el oído como entran los datos en la cabeza de un oficial: directa, ordenada, sin permiso. Hace tres años era el verano de 1697. Hace tres años era el bosque del norte, la avanzadilla contra Klepsa, los doce hombres con los que había salido Seijuro y los cuatro que habían vuelto con él. Hace tres años era la cicatriz que llevaba en el costado izquierdo y que esa noche, sin saber por qué, había vuelto a tirarle un poco bajo el cinturón al sentarse a la mesa. Repasó mentalmente los nombres de la avanzadilla. No estaba el padre de Suzu, casi seguro.
Casi.
Lo mejor será no mencionarlo, pensó.
Aquella casa había recibido suficientes oficiales del ejército a lo largo de cuarenta años para no necesitar, esa noche, que llegara uno más a abrir cajas que ya estaban cerradas. Si Tome quería abrirlas, las abriría ella. Si no, no había razón para que un viudo de seis días, con la mano izquierda todavía manchada de gris bajo las uñas, se pusiera a remover muertos ajenos para incomodar su propia conciencia.
Miró un segundo a Tome.
Tome no levantó los ojos del cuenco.
—Lo siento —dijo Seijuro a la niña.
—No pasa nada. Yo era muy pequeña.
Seijuro no contestó.
—¿Vienes de Tanabe? —preguntó la anciana.
—Sí.
—Mucha agua.
—Mucha.
—¿Y antes de Tanabe?
Seijuro tragó el caldo despacio.
—Osaka. Antes de Tanabe vivía en Osaka.
—Ah —Tome asintió, sin presionar más—.
Hubo un silencio. Suzu volvió a la carga, esta vez con una pregunta nueva.
—¿Tienes mujer?
Seijuro fue a contestar y no contestó.
Tome levantó la cuchara medio centímetro y la sostuvo en el aire un instante.
—Suzu.
—¿Qué?
—Hay cosas que no se preguntan.
—Pero ¿cómo voy a saber cuáles si no las pregunto?
—Aprendiendo a mirar.
La niña frunció el ceño otra vez. Miró a Seijuro. Lo miró con una atención nueva, esta vez no de censo, sino de tasador en aprendizaje: tenía seis años y le acababan de decir que la cara de un hombre podía contener información que no se pedía con palabras. Lo intentó. Apretó los labios. Después relajó la frente.
—Vale —dijo, derrotada.
Y volvió al arroz.
Tome le pasó la mano por la nuca durante un segundo. Otro segundo. Un tercer segundo. Y la retiró.
Seijuro miró el caldo dentro de su cuenco.
Aquella mano en la nuca de la niña era exactamente la mano que él había sentido en su propia nuca diez años antes, en el patio de la base de Osaka, una sola vez en cinco años, la única vez, cuando su padre Jirōbei se la puso a él tras la victoria sobre Fujibayashi. Una mano en la nuca era, en aquella familia, la unidad mínima de afecto, la moneda más pequeña en circulación, el gesto que decía estás aquí cuando todas las demás palabras llegaban tarde. Verla repetida esa noche, en otra cocina, entre otra abuela y otra niña, sin que ninguna de las dos supiera lo que él estaba viendo, le produjo una sensación que no tenía nombre operativo y que prefirió no nombrar.
Comieron lo que quedaba en silencio.
Cuando terminaron, Tome recogió los cuencos sin prisa y los apiló junto al brasero. Suzu se levantó por su cuenta, se acercó a la pared, recogió de un cesto un muñeco de tela —un osito tosco, sin cara, claramente cosido por la propia Tome años atrás—, y volvió a su cojín con él. Lo apretó contra el pecho. Diez minutos después, antes de que el agua del brasero terminara de enfriarse, dormía profundamente con la cabeza apoyada en el costado de su abuela.
Tome la miró un rato sin moverse.
Le acomodó un pliegue del kimono.
Después, sin levantar la voz, sin levantar siquiera la mirada del pelo de la niña, habló.
—Mi marido fue oficial del ejército durante treinta y un años —dijo—. Murió por una enfermedad desconocida hace once años. Mi hijo, el padre de Suzu, fue también del ejército. Murió hace tres. La madre de Suzu murió de fiebres dos inviernos después. No es del ejército, pero murió igual. Te lo cuento porque, si vas a dormir bajo mi techo, conviene que sepas a qué techo has llamado.
Seijuro la miró.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientas. —Tome le retiró otro mechón a la niña, con la misma suavidad de la primera vez—. Lo cuento por orden de servicio. No por compasión.
Hubo una pausa.
Después, Tome levantó por fin los ojos hacia él.
—He visto sentarse a oficiales del ejército a esta misma mesa durante cuarenta años, soldado. Compañeros de mi marido, compañeros de mi hijo, y ahora tú. Algunos venían de lejos, otros de cerca. Algunos habían perdido a alguien recientemente. Otros, aunque no lo sabían todavía, lo iban a perder pronto. A los que habían perdido se les conocía siempre por lo mismo.
—¿Por lo mismo?
—Por la mano izquierda.
Seijuro miró su propia mano izquierda.
Estaba apoyada sobre la rodilla, cerrada en puño. Llevaba toda la cena así. No se había dado cuenta.
La abrió, despacio.
Tome esperó a que la abriera del todo antes de seguir.
—No es un reproche, oficial. Es solo una observación de vieja. Los hombres de tu oficio, cuando pierden a alguien, cierran la mano fuerte sin saberlo. La cierran porque, si no, no saben qué hacer con ella. Cargar a un muerto requiere las dos manos abiertas. Yo lo aprendí tarde. Pero lo aprendí.
Seijuro tardó un momento largo en hablar.
—¿Cómo se aprende eso?
—Mal —dijo Tome, sin sonreír—. Se aprende mal. No hay otra manera. La gente que te dirá que se aprende rápido, o bien, o con dignidad, o te miente o no ha aprendido todavía. —Hizo una pausa breve, mirando a Suzu dormir—. Yo lo aprendí cuando entendí que soltar y cargar no eran la misma cosa. Soltar es olvidar; y olvidar, a veces, es otra forma de traición. Cargar, en cambio, es aceptar que aquello que perdiste forma parte ya de lo que eres. No pesa menos. Pesa distinto. El truco, si es que hay alguno, está en aprender a andar con ese peso sin agacharse. Algunos hombres lo consiguen. Otros se quedan agachados toda la vida.
Seijuro no respondió.
No porque no tuviera nada que decir.
Porque tenía demasiado.
Tome lo dejó callar.
Pasó un rato así. El brasero crepitó dos veces. Suzu cambió de postura sin despertarse y apretó un poco más el muñeco contra el pecho. Tome la acomodó otra vez.
—¿Puedo hacerte una pregunta yo a ti, oficial? —dijo entonces.
—Decid.
—¿Por qué peleas?
Seijuro la miró.
Era una pregunta corta. Una pregunta que había contestado decenas de veces a lo largo de su vida, en la primera evaluación de Hiroshima, en las cenas de oficiales, en las cartas formales que el ejército obligaba a redactar a los nuevos mandos. La había contestado siempre con la misma naturalidad con la que se contesta el propio nombre: peleo por mi país, peleo por mi unidad, peleo para mantener a los akuryō lejos de las casas de los demás. Eran respuestas correctas. Eran las respuestas que un oficial Nakata daba sin pensarlas. Y esa noche, frente al brasero de una anciana que había enterrado a un marido oficial y a un hijo oficial y que conservaba la mano firme para retirarle un mechón de pelo a su nieta dormida, Seijuro descubrió, con una contrariedad fría y desordenada, que ninguna de aquellas respuestas le servía.
Abrió la boca.
La cerró.
Pensó en Otsuru.
Pensó en el sendero del bosque de cedros, en el peso de su mujer sobre el hombro, en el médico rural diciendo está muerta. Pensó en el claro de las cuatro rocas y en sus dos puños cayendo sobre un akuryō que había dejado de moverse al octavo golpe y que él había seguido golpeando hasta el doce.
Pensó en Klepsa.
Pensó en el niño que su padre llevaba en brazos hacia Osaka.
Y comprobó, en el orden en que iban apareciendo, que ninguna de las respuestas que llevaba treinta años dando era la respuesta correcta esa noche, y que la respuesta correcta esa noche, si existía, no la conocía.
Hace seis días peleaba por Otsuru.
Hace tres noches peleaba por sobrevivir.
Hace cinco minutos hubiera dicho que peleaba por el niño.
Pero la pregunta de Tome era anterior a todas esas respuestas. La pregunta de Tome era por qué peleas, no por quién. Y un oficial que llevaba veintiséis años entrenado para no preguntárselo descubría esa noche, en una cocina que no era la suya, que había confundido durante toda su vida adulta el por quién con el por qué, y que el por qué, ahora que se quedaba sin por quién, era de pronto un agujero cuyo fondo no veía.
Tardó en hablar.
—No lo sé —dijo al fin.
Tome asintió, despacio, como quien recibe una noticia que ya esperaba.
—Eres joven, aún tienes tiempo de descubrirlo.
Seijuro asintió.
Tome se quedó otro rato mirándolo. Después, con la lentitud serena de quien ya no tiene ninguna prisa, se levantó. Cogió de un arcón bajo una manta gruesa, doblada, que olía a alcanfor y a lavanda seca, y la dejó al lado del cojín que sería el suyo para esa noche.
—Duerme, oficial. Osaka no se va a mover de su sitio por una noche más.
Se inclinó hacia Suzu, la levantó con un esfuerzo que Seijuro intuyó sin que la mujer lo dejara ver, y se la llevó al cuarto contiguo en brazos. La niña ni siquiera se despertó. Apretaba el muñeco contra el pecho con la fidelidad de los seis años, la misma fidelidad con la que las niñas de seis años, en cualquier provincia de cualquier siglo, sostienen la única cosa del mundo que todavía les pertenece entera.
La fusuma del fondo se cerró tras ellas con un susurro.
Seijuro se quedó solo frente al brasero.
Se miró la mano izquierda.
La abrió.
La volvió a cerrar.
La volvió a abrir.
Pensó, por primera vez en seis días, no en cómo se cargaba una vida que ya no estaba, sino en cómo se cargaba sin agacharse.
No tuvo respuesta.
Pero el peso, esa noche, cambió de sitio dentro del pecho.
Echó un último tronco al brasero, se tumbó sobre el cojín, se cubrió con la manta de alcanfor y lavanda seca, y antes de cerrar los ojos pensó en Otsuru. Pensó en ella un instante más corto que las noches anteriores. No mucho más corto. Solo un instante. Pero lo suficiente para que el sueño llegara, esta vez, no como una rendición del cuerpo, sino como un permiso que alguien, esa noche, le había dado por primera vez. En el cuarto del fondo, Tome dejó a Suzu sobre el futón, le retiró el muñeco con cuidado para volver a ponérselo en el otro brazo, y se sentó a su lado en el suelo.
Estuvo así mucho rato, mirándola dormir.
No pensaba en nada en particular.
Solo miraba.
Esa noche, en Wakayama, no sonó ninguna campana.
Aún no.


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