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Prólogo 5: el camino de vuelta parte II

Casa de Tome, último callejón de Wakayama. Provincia de Kii — madrugada del séptimo día

Lo despertó una campana, no un grito.

Aquello, que en otro hombre habría sido un detalle sin importancia, en un oficial entrenado por Jirōbei Nakata fue lo primero que registró su cabeza antes incluso de abrir los ojos: una campana, no un grito; lo que significaba que el sistema de aviso de Wakayama todavía funcionaba; lo que significaba, a su vez, que el ataque acababa de empezar y que aún había, quizá, dos o tres minutos de margen antes de que el caos se comiera la ciudad. Seijuro Nakata abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras. El brasero, al que él mismo había echado el último tronco antes de dormirse, conservaba un círculo bajo de ascuas rojas que dibujaba sobre el tatami una geografía mínima: la manta de alcanfor y lavanda seca, los cojines deshilachados, la silueta del zurrón apoyado contra la pared. Más allá del círculo, todo era sombra.

La campana volvió a sonar.

Una vez. Dos veces. Una tercera, más cerca, que el viento helado de la madrugada arrastró hasta el alero de la casa.

Y entonces sí, los gritos.

No eran gritos de borracho ni de pelea de tabernas. Eran gritos de gente que se acababa de despertar dándose cuenta de que algo entraba en su calle y que ese algo no estaba en los catálogos del miedo conocido. Seijuro había oído aquellos gritos antes, demasiadas veces, en demasiadas aldeas que ya no existían. No le hizo falta levantarse para reconocerlos.

Se levantó de todas formas.

Se ató las botas en el orden de siempre —izquierda primero, derecha después; era la única manía supersticiosa que se permitía, y la había heredado, también ella, de su padre—, se puso el cinturón táctico, comprobó el cuchillo del muslo derecho, y respiró una sola vez antes de avanzar hacia la fusuma del fondo. Detrás de aquel panel de papel y madera dormían Tome y Suzu. Pegó el oído un segundo, lo justo para confirmar que del otro lado no llegaba todavía ningún ruido distinto del ruido de dos respiraciones tranquilas. La pequeña respiraba más rápido que la abuela. Era la respiración corta y caliente de los seis años. Seijuro la guardó en alguna parte y se dirigió a la entrada. No abrió todavía la puerta principal. La oficio de oficial le ordenaba primero ver, y solo después salir. Se acuclilló junto a la fusuma deformada del frente, esa que no cerraba bien y que dejaba un dedo de hueco entre las dos hojas, y miró al exterior por aquel resquicio. Lo que vio le bastó para tomar las dos primeras decisiones de la madrugada.

La calle del último callejón estaba todavía vacía. Las casas vecinas, en cambio, ya habían empezado a abrir puertas. Una mujer salía descalza con un farol y dos niños agarrados al kimono. Un hombre cruzaba en sentido contrario con una azada al hombro, como si una azada pudiera servir contra lo que se acercaba. A lo lejos, en dirección al centro del pueblo, ardía algo que no había estado ardiendo cuando él se acostó: una mancha amarilla y baja entre los tejados, como un brasero invertido, que alimentaba el viento y crecía despacio. Y entre las sombras de la calle paralela, a unos cuarenta pasos, una silueta gris.

No tenía cara.

Seijuro la miró sin moverse durante tres segundos.

Después se levantó, abrió la puerta y salió a la calle.

La cerró detrás de sí con cuidado.

La cerró bien.


Calle paralela al canal, sector oriental de Wakayama

La primera regla del oficial Nakata, cuando entraba en una ciudad atacada, era no buscar al enemigo: buscar al mando. Una ciudad provincial como Wakayama tenía siempre, por pequeña que fuera, una pequeña dotación militar, un destacamento simbólico de seis u ocho hombres acuartelados al lado del depósito de impuestos del daimyō. Aquellos hombres no eran tropa de élite —los de élite estaban en Osaka, en Kyoto, en las bases del ejército—, sino soldados rurales con poco entrenamiento y poco combate real. Y aquella madrugada, a juzgar por la calidad de los gritos que llegaban del centro, aquellos hombres ya estaban perdiendo la calle.

Seijuro caminó hacia el centro a paso rápido pero medido, sin correr.

Correr en una ciudad atacada era el segundo error que cometían siempre los soldados jóvenes. Correr les hacía cruzarse con los akuryō en lugares donde ellos no querían cruzarse y los akuryō sí. Caminar deprisa pero medido, en cambio, permitía al ojo registrar tejados, esquinas, callejones laterales, y al oído distinguir entre los gritos de huida y los gritos de combate, porque las dos cosas suenan muy distintas para el que sabe escucharlas.

Pasó delante de tres casas con la puerta entreabierta y al menos un cuerpo dentro de cada una.

No se detuvo en ninguna.

Un soldado que se detiene a cerrar los ojos a un cadáver durante un ataque es un soldado que, al cabo de la noche, no habrá cerrado los ojos a ninguno: lo único que habrá conseguido, decía Jirōbei, es haber dejado a más vivos sin oficial. Seijuro lo había aprendido a los diecisiete años en una aldea cerca de Bizen, y aunque lo había aprendido a base de odiarse a sí mismo durante varios meses por haberlo aprendido, lo había aprendido bien.

Avanzó.

A la altura del segundo cruce vio al primer akuryō en movimiento.

Era de los pequeños, de los que apenas pasaban del metro y medio, con los brazos demasiado largos y la cabeza inclinada en aquel ángulo de animal cansado. Caminaba en mitad de la calle, sin prisa, como si la calle fuera suya. Detrás de una contraventana cerrada, en una de las casas, un niño lloraba. El akuryō había detectado el ruido. Estaba calibrando.

Seijuro no le dio tiempo a calibrar.

Cruzó los cinco pasos que los separaban en silencio absoluto, con la guardia ya levantada antes de llegar —izquierda cerrada a la altura de la mejilla, derecha abierta al frente—, y descargó el puño desde la línea recta más corta. Entró por la sien. La criatura no llegó ni a girarse. Cayó sin un solo ruido sobre el barro de la calle y se quedó allí, doblada sobre sí misma como un saco mal lleno.

Detrás de la contraventana, el niño seguía llorando.

Seijuro pasó de largo.

Cargar a un muerto, pensó sin querer pensarlo, requiere las dos manos abiertas.

No supo de dónde le venía aquella frase a esa hora de la madrugada y en mitad de aquella calle, y aunque lo supo perfectamente, fingió delante de sí mismo que no lo sabía.


Plaza central de Wakayama, junto al pozo público

Los soldados estaban allí, como había imaginado.

Eran siete. No ocho, siete: uno de ellos yacía boca abajo a tres pasos del pozo, con el casco desencajado y un charco de sangre extendiéndose despacio sobre la piedra de la plaza. De los seis vivos, dos tenían la lanza temblándoles en las manos como si la lanza pesara más de lo razonable; otros dos discutían a gritos entre ellos, con esa clase de discusión inútil en la que ninguno escucha al otro pero ambos creen estar dando una orden; el quinto, más joven que los demás, sostenía una antorcha con la mano izquierda y vomitaba contra la columna del pozo con la derecha; y el sexto, un muchacho que no podía tener más de diecinueve años, intentaba reorganizar a los otros con la voz quebrada del que está descubriendo en directo que mandar no es simplemente decir las cosas en voz más alta.

Seijuro entró en la plaza sin acelerar el paso.

Cuando llegó al borde de la luz de las antorchas, el muchacho de los diecinueve años se giró hacia él de golpe, levantó la lanza y la sostuvo medio paso por delante del cuerpo en una posición que un instructor de Hiroshima habría corregido a bofetadas.

—¡Identificaos! —gritó.

Seijuro no aceleró el paso.

—Oficial de mando del ejército. Base de Osaka. Estoy de paso en Wakayama y dormía en una casa del sector oriental cuando han sonado las campanas.

—¿Tenéis…?

—Bajad la lanza, soldado.

No lo dijo alto. Lo dijo con la densidad exacta que Seijuro reservaba para aquellos momentos en que una palabra valía por veinte. El muchacho bajó la lanza sin darse cuenta de que la había bajado, y solo cuando ya estaba bajada se permitió respirar.

Seijuro pasó a su lado y se colocó en el centro de la plaza, con el pozo a la espalda y la calle ancha del norte —la que daba al fuego del fondo— enfrente.

—Escuchadme. Vais a perder esta ciudad si seguís cinco minutos más como hasta ahora. ¿Me oís?

Los seis lo miraban. Hasta el del vómito había levantado la cara.

—Estos bichos no son humanos. No sienten dolor. Podéis atravesarles los pulmones, los riñones, las piernas, y seguirán viniendo. Solo mueren con un impacto letal en la cabeza o en el corazón. Cabeza o corazón. Ningún otro sitio cuenta. ¿Lo habéis entendido?

—Entendido —dijo el muchacho de los diecinueve años, con la voz un poco más firme que antes.

—Segunda cosa. No vais a salir a buscarlos. Os los traéis aquí. Mantenéis esta plaza como punto de reunión. Los civiles vienen aquí, vosotros formáis un círculo cerrado alrededor del pozo con las antorchas por delante. La luz los confunde un poco, no mucho, pero algo. Tú —señaló al del vómito, sin asomo de reproche en la voz, simplemente nombrándolo—, te vas a la calle del oeste y vuelves trayendo a todo lo que ande.

Tú —al de la lanza temblona—, igual por el sur. Y vosotros tres —a los que discutían y al sexto—, cubrís el norte. La calle del norte es por donde vienen. Esa la cubro yo.

—Pero, oficial, ¿solo? —empezó uno de los de la discusión.

—Solo.

Los soldados se quedaron mirándolo un segundo más del estrictamente necesario. Y luego, como ocurre siempre cuando aparece en una escena alguien que sabe lo que está diciendo, dejaron de discutir y se movieron.


Calle del norte, frente a la plaza central

Vinieron casi enseguida.

Vinieron en grupo de cinco, lo cual significaba que era una primera oleada de exploración y que detrás venía una segunda, y probablemente una tercera. Los akuryō no atacaban en oleada única salvo cuando ya tenían toda una ciudad ablandada. En Wakayama no la tenían todavía. Wakayama llevaba seis días entretenida en cosas pequeñas para no tener que mirar las grandes, y la cosa grande había llegado esa madrugada con cinco siluetas grises que se desprendieron del humo del fuego del fondo y avanzaron por el centro de la calle como si el centro de la calle ya no perteneciera a los humanos.

Seijuro los esperó cinco pasos antes del borde de la plaza.

Cerró el puño izquierdo a la altura de la mejilla.

Abrió la derecha al frente.

El primer akuryō no fue un combate; fue una ejecución. La derecha desvió el zarpazo abierto del bicho hacia su propio costado, lo dejó descubierto medio paso, y el puño izquierdo entró bajo la mandíbula con la trayectoria ascendente que llevaba veinte años perfeccionando. La cabeza del akuryō salió disparada hacia atrás como si alguien la hubiera tirado de un hilo, el cuello chasqueó, y el cuerpo cayó. Crac. Uno.

El segundo y el tercero llegaron juntos.

Seijuro se hizo a un lado, dejó que se cruzaran entre sí —los akuryō no se coordinan; se estorban—, esperó a que el segundo perdiera el equilibrio al chocar con el tercero, y entró por el flanco. Una palma derecha al cuello del segundo, de plano, suficiente para reorientarle la cabeza. Un puñetazo izquierdo en la sien del tercero, recto. El tercero cayó. El segundo, todavía aturdido por la palma, recibió la izquierda en el siguiente medio segundo. También cayó. Crac, crac. Tres.

El cuarto saltó.

Saltó porque era de los que saltaban, y porque saltar, en un akuryō, era casi siempre el último error. Seijuro lo recibió con las dos manos al mismo tiempo: la derecha contra el muslo, deteniéndolo en el aire, y la izquierda contra el esternón, partiéndoselo. La criatura ni siquiera terminó de aterrizar. Se quedó suspendida medio segundo en el centro de la calle, con la grieta gris de la cara abierta en una boca enorme que no llegó a morder a nadie, y después se desplomó en línea recta hacia abajo, sobre las piernas dobladas, sin un solo ruido. Cuatro.

El quinto se detuvo.

Se detuvo.

Lo cual era la tercera cosa rara que Seijuro veía hacer a un akuryō en su vida —la primera había sido la kōtei del bosque de cedros, la segunda el alto del claro de las cuatro rocas, y ahora este—, y le hizo levantar la guardia un grado más, porque un akuryō que se detiene es un akuryō que está esperando algo, y lo que esperaba, sospechó Seijuro sin tener tiempo de comprobarlo, era a sus refuerzos.

Detrás del quinto, en efecto, el humo del fuego del fondo empezó a moverse.

Tres siluetas más.

Cinco.

Ocho.

Demasiadas para contarlas a esa distancia.

Seijuro respiró una vez, profundamente, y entonces, en el silencio breve que se abre siempre entre dos oleadas de ataque y que un oficial entrenado aprende a usar sin desperdiciar, sucedieron dos cosas a la vez.

La primera fue que el quinto akuryō, el que se había detenido, ladeó la cabeza hacia el este, en dirección al sector donde estaba la casa de Tome.

La segunda fue que Seijuro, desde la plaza central, oyó el grito.


Casa de Tome, sector oriental

Fue agudo.

Y corto.

Y de niña.


Calle del norte, frente a la plaza central

Seijuro lo oyó dos veces.

La primera con los oídos. La segunda, medio segundo después, con todo lo demás.

—¡Mantened el círculo! —gritó hacia los soldados de la plaza, sin volverse, sin saber siquiera si lo escuchaban—. ¡La plaza! ¡Civiles aquí!

Y echó a correr.

No había corrido en seis días.

No había corrido en realidad desde que dejó de cargar a Otsuru en brazos hacia la aldea del médico, porque la carrera de aquella tarde en el sendero del cedro había sido, a su modo, la última carrera completa de su vida hasta esa madrugada. Seis días de andar disciplinado se rompieron en cinco zancadas. El uniforme militar, el cinturón táctico, las botas. La calle paralela al canal pasó como una franja oscura. Una mujer descalza con un farol se apartó de un salto al verlo venir y soltó un gritito. Seijuro no la registró. Solo registraba dos cosas: el olor a humo del fuego del centro, que el viento llevaba ahora hacia el este, y la distancia exacta que le faltaba para llegar al último callejón.

Cuarenta pasos.

Treinta.

Veinte.

A los veinte pasos comprendió, sin que nadie se lo dijera, que iba a llegar tarde.

Lo comprendió por dos detalles que nadie más en Wakayama habría sabido leer esa madrugada y que él, en cambio, leyó al instante: la fusuma del frente, que él había cerrado bien al salir, estaba ahora abierta de par en par; y en el alero del tejado, donde una hora antes solo había paja prensada y el aire frío de la noche, había dos manchas oscuras que se movían y que no eran sombras.

A los diez pasos.

A los cinco.

A los cero, Seijuro Nakata cruzó el umbral de la casa de Tome.

Y entonces lo vio.


Interior de la casa de Tome

El primer akuryō estaba inclinado sobre el cuerpo de la anciana.

El segundo, más pequeño, ocupaba el rincón del fondo y se dirigía hacia Suzu —encogida contra la pared, con el muñeco apretado contra el pecho y los ojos abiertos demasiado— la grieta gris de su cara abierta de oreja a oreja.

Tome estaba en el suelo entre los dos.

En el suelo.

Entre los dos.

Con los brazos extendidos hacia la niña.

El akuryō grande, el que se inclinaba sobre ella, ni siquiera había terminado de bajar la mandíbula sobre su cuello: lo que había hecho, lo que ya estaba hecho, había sido más rápido y más antiguo que cualquier mordisco. Le había roto el cuello con una sola torsión limpia, eso era evidente por el ángulo en el que descansaba la cabeza de la anciana sobre los tatamis viejos. Y la había dejado allí, con los brazos todavía extendidos hacia Suzu, porque incluso muerta había seguido haciendo lo único que había sabido hacer durante cuarenta años en aquella casa: ponerse en medio.

Cargar sin agacharse.

Cargar hasta el final.

Seijuro lo registró todo en menos de un segundo.

Y en el segundo siguiente, dentro del pecho, el corazón hizo lo que solo hacia cuando se encontraba en una situación desesperada.

Pum. Pum. Pum, pum, pum. Pum, pum, pum, pum, pum.

Cinco rápidos.

Cuatro más lentos.

Y el bosque de cedros, el claro de las cuatro rocas, la cadena de Klepsa, el peso de Otsuru sobre el hombro, el grito sin grito de la sanba, todo lo que llevaba seis días enterrado bajo la disciplina operativa de un oficial Nakata se levantó a la vez dentro de él como un rebaño que ha esperado seis días enteros la apertura de un único portón. Se levantó. Y pasó a las manos.

Esta vez no había guardia.

Esta vez ni siquiera había técnica.

Esta vez había un hombre en el centro de una habitación con una niña detrás, una anciana muerta delante, dos akuryō en medio, y una sola decisión por tomar, que ya estaba tomada antes de ser pensada.

Seijuro saltó sobre el primero.

El primer akuryō, el que estaba inclinado sobre Tome, no llegó a entender lo que pasaba.

Seijuro entró por encima del cuerpo de la anciana sin tocarlo, lo saltó como un soldado salta una zanja en plena carga, y la izquierda alcanzó al akuryō en la nuca antes de que la criatura terminara de levantar la cabeza. El golpe entró ascendente, contra el cráneo, con la fuerza acumulada de cinco zancadas y veintiséis años. El cuello cedió al instante. La cabeza giró sobre el eje del hombro hasta una posición que no admitían las articulaciones de los akuryō ni las de nada vivo. El cuerpo cayó sobre el costado de Tome con un peso muerto que Seijuro apartó de un empujón antes de que terminara de aterrizar, porque dejar a Tome bajo aquel cuerpo era, esa madrugada, la única humillación más que él no estaba dispuesto a permitirle a la anciana.

El segundo, el del rincón, se había olvidado de Suzu en el medio segundo desde que Seijuro había entrado.

Eso lo mató.

Seijuro cruzó la habitación en una zancada, le cogió la cabeza con las dos manos —la izquierda por la nuca, la derecha por la mandíbula— y giró en sentidos opuestos con todo el peso del cuerpo. El crujido fue largo. No fue un crac. Fue otro sonido, más grave, más prolongado, el sonido de una columna vertebral que no se resigna a romperse de golpe y se va rompiendo por etapas. El akuryō tembló todavía un par de segundos en sus manos antes de quedarse quieto.

Seijuro lo soltó.

El cuerpo cayó.

Dos.

Suzu seguía en el rincón.

Seijuro respiró una sola vez.

—No mires —le dijo.

La niña no contestó. No estaba mirando, exactamente. Tenía los ojos abiertos, fijos, pero no enfocaban en el cadáver del akuryō del rincón, ni en el akuryō del centro de la habitación, ni en el cuerpo de la abuela. Miraban una zona indefinida del aire que estaba un palmo por encima de todo aquello, una zona en la que los ojos de las niñas de seis años, cuando algo demasiado grande les ha caído encima de golpe, se refugian para no tener que volver enseguida al sitio en el que en realidad están.

Seijuro lo conocía ese sitio. Él mismo había estado allí, dentro del pecho, durante seis días seguidos.

Quiso decirle algo más.

No supo qué.

Y entonces, desde la plaza, llegó la segunda campana, más rápida que la primera, en doble repique, lo cual significaba que la oleada principal acababa de llegar y que sus seis soldados estaban a punto de ser sobrepasados. Seijuro se acuclilló un instante junto a Suzu. Le puso la mano derecha —la abierta— sobre la coronilla, un segundo. Otro segundo. Un tercer segundo. Y la retiró.

—Ahora vuelvo —dijo.

La niña no contestó.


Plaza central de Wakayama

La oleada principal era de quince.

Quizá dieciséis. Seijuro no se molestó en contarlas exactamente porque contar, en ese preciso instante, dejaba de servir para algo y empezaba a estorbar. Lo que vio al entrar otra vez en la plaza fue un círculo defensivo a medio deshacer alrededor del pozo, dos antorchas en el suelo, un soldado caído contra la columna del pozo en una postura que no admitía dudas, y al muchacho de los diecinueve años intentando reorganizar a los cuatro que aún estaban en pie con la voz ya rota del todo, la lanza temblándole otra vez en las manos, y los ojos buscando, sin disimulo, la silueta del oficial al que había bajado la lanza media hora antes.

Seijuro entró en la plaza por el norte y los akuryō lo dejaron entrar.

Los akuryō dejan entrar siempre al que viene por detrás cuando están concentrados en lo de delante. Es uno de los muchos motivos por los que los akuryō, individualmente, son criaturas estúpidas. Donde no son estúpidos es en el número.

—¡El círculo! —gritó hacia el muchacho de los diecinueve, sin frenar la carrera—. ¡Cerrad otra vez el círculo! ¡Yo les abro el flanco!

El muchacho ni siquiera contestó. Tampoco hacía falta. Levantó la lanza, gritó dos órdenes claras a sus tres soldados —la voz, milagrosamente, le había vuelto— y los cuatro volvieron a juntarse en torno al pozo con las antorchas hacia fuera.

Seijuro entró por la espalda de la oleada.

Y entonces ocurrió de verdad.

Los tambores no se apagaron.

Esa fue la diferencia, esa madrugada, con todas las veces anteriores. En el bosque de cedros los tambores habían durado lo que había durado el combate con Klepsa, y se habían retirado después, como se retira el agua de una bandeja inclinada. En el claro de las cuatro rocas habían durado hasta el cuarto akuryō, el alto, y se habían retirado también, dejando dentro un sitio vacío. Esa madrugada en Wakayama, en cambio, no se retiraron. Latieron y siguieron latiendo. Cinco rápidos, cuatro más lentos. Cinco rápidos, cuatro más lentos. Una y otra vez, sin interrupción, durante todo el tiempo que duró la oleada, como si dentro del pecho de Seijuro Nakata se hubiera roto definitivamente la última válvula que llevaba veintiséis años manteniendo cerrado lo que su sangre escondía debajo.

El primer akuryō de la espalda de la oleada cayó con un solo puñetazo izquierdo a la base del cráneo.

El segundo intentó girarse y recibió la palma derecha en la frente con una fuerza que le hundió la grieta gris hacia dentro. Cayó.

El tercero, más pequeño, se abalanzó sobre Seijuro de costado. Seijuro lo cogió en el aire con la derecha, le dobló el cuello con un solo movimiento, lo arrojó contra el cuarto akuryō, y mientras los dos caían al suelo enredados, su puño izquierdo ya estaba descendiendo sobre el cráneo del cuarto. Crac.

Cinco. Seis. Siete.

A la altura del séptimo, los soldados del pozo ya habían entendido que lo que estaba ocurriendo en la espalda de la oleada no era cosa suya y dejaron de mirar para concentrarse en lo que tenían delante. A la altura del noveno, los akuryō que aún quedaban en pie habían empezado a girarse hacia Seijuro, comprendiendo —en la medida en que un akuryō comprende— que el problema real no estaba ya en el círculo del pozo. A la altura del undécimo, un akuryō alto, de los de brazos largos, le recordó al de la cuarta roca y por un instante Seijuro pensó no, otra vez no, y por un instante más largo decidió sí, otra vez sí. La criatura cargó. Seijuro la recibió con las dos manos al mismo tiempo. Esta vez no la empujó contra una roca: dejó que el peso del akuryō lo hiciera retroceder dos pasos, asentó el talón izquierdo, frenó la inercia, y giró sobre la cadera derecha, descargando el puño izquierdo en línea recta sobre la sien del bicho con todo el peso de la torsión. La cabeza se hundió hacia el otro hombro. El cuerpo se desplomó como se desploma un saco que ha sido vaciado de golpe.

Once.

Doce.

A los soldados del pozo les quedaban tres akuryō por delante. Seijuro los oyó gritar la orden de carga del muchacho de los diecinueve años, y oyó el ruido de cuatro lanzas bajando a la vez al ras del suelo. No se giró a mirar. Confió. Un oficial, cuando ha dado una orden y está pasando otra cosa más urgente, confía. Se concentró en los suyos.

Trece.

Catorce.

Quince.

Quedaba uno solo.

Estaba parado en el centro de la calle, exactamente como el quinto de la primera oleada. Tenía la cabeza ladeada en el ángulo de la calibración. No avanzaba.

Seijuro se detuvo a tres pasos de él.

Los tambores seguían dentro.

Cinco rápidos, cuatro más lentos.

—¡Mírame! —gritó Seijuro con rabia sin estar muy seguro de a quién se lo decía.

El akuryō abrió la grieta gris de la cara y enseñó la doble fila de dientes.

Seijuro avanzó los tres pasos sin levantar la guardia. Era la primera vez en su vida que avanzaba contra un akuryō sin levantar la guardia. La derecha colgaba abierta a un costado. La izquierda colgaba cerrada al otro. La criatura, que era de las que saltaban, saltó.

Seijuro la cogió en el aire con la derecha por el cuello.

La sostuvo allí, suspendida medio metro sobre el barro de la plaza, con los pies pataleando en el vacío y los brazos arañándole la muñeca. Y entonces hizo algo que un oficial entrenado por Jirōbei Nakata no debía hacer jamás, pero que aquella madrugada no consiguió no hacer: la miró a la cara. La miró largo. La miró buscando algo, cualquier cosa, una cuenca de ojos, una raíz de nariz, el atisbo de un rasgo que pudiera explicarle a un padre de tres días por qué había muerto su mujer, por qué había muerto Tome, por qué iba a morir Suzu si esa madrugada no se sostenía. No encontró nada. Los akuryō no llevan caras detrás de la grieta. Llevan, simplemente, más superficie gris.

Seijuro cerró el puño izquierdo y lo descargó contra el cráneo desde abajo.

La cabeza estalló.

El cuerpo cayó al suelo.

Y los tambores, dentro del pecho, dieron un último golpe, doble, y se callaron.


Plaza central de Wakayama, instantes después

El silencio no llegó de golpe.

Llegó por capas, como llegan los silencios en las plazas de las ciudades atacadas: primero se calló la oleada, después los akuryō que aún se removían en el suelo, después los soldados que respiraban demasiado fuerte alrededor del pozo, y solo al final, después de varios segundos largos, se calló también el corazón humano, en el sentido de que dejó de latirles a los seis o siete vivos de la plaza con la velocidad de quien todavía cree que va a morir en los próximos minutos.

El muchacho de los diecinueve años bajó la lanza.

La bajó muy despacio.

Miró a Seijuro.

—Oficial.

—Estás vivo —dijo Seijuro, sin volverse del todo—. Bien.

—Gracias a ti.

—Gracias a que mantuvisteis el círculo con disciplina.

El muchacho no contestó. Era lo bastante joven para creerle a un oficial las cosas amables que le decía y lo bastante valiente para sospechar, sin embargo, que no eran exactamente verdad. Asintió en silencio. Pasó revista a los suyos: tres en pie, dos heridos en el suelo, dos muertos. Empezó a dar órdenes. Antorchas nuevas. Cuerpos de los akuryō a un montón. Civiles agrupados en el centro. Avisar a la herrería, a la farmacia, al templo. La voz le había vuelto del todo y, por primera vez esa noche, sonaba casi como la voz que aquel muchacho tendría dentro de veinte años, cuando fuera él el oficial al que un viajero de paso le bajara la lanza con dos palabras.

Seijuro lo dejó hacer.

Empezó a desandar el camino del último callejón.


Casa de Tome

Abrió la puerta.

Suzu seguía en el rincón.

No se había movido. Tenía el muñeco apretado contra el pecho y los ojos en la zona indefinida del aire por encima de los cuerpos, y Seijuro comprendió que la niña, en todo el tiempo que él había estado fuera, no había bajado los ojos ni una vez al cuerpo de la abuela. Lo había mirado de reojo, quizá. No de frente. Aquella era la última frontera que un cerebro de seis años defiende contra la realidad cuando todo lo demás ya se le ha caído encima.

Seijuro se acercó a Tome.

Se arrodilló a su lado.

La miró un momento.

Las manos.

Las manos extendidas hacia Suzu.

Cargar a un muerto, pensó otra vez, sin pensarlo, requiere las dos manos abiertas. Y por primera vez en seis días entendió lo que aquella anciana le había dicho la noche anterior, en una cocina que olía a miso, mientras le retiraba un mechón de pelo a una niña dormida.

Bajó las dos manos despacio.

Y las abrió.

Las dos.

Pasó la derecha bajo los hombros de Tome y la izquierda bajo las rodillas, y la levantó. Pesaba poco. Pesaba lo que pesan las viudas de cuarenta años de ausencias y de oficiales muertos: muy poco, casi nada, casi solo un kimono y un peinado y una voluntad. Seijuro sintió aquel peso casi inexistente sobre los antebrazos abiertos y comprendió, sin necesidad de explicárselo, que aquello que llevaba en brazos era el modo correcto de cargar a un muerto. No con un puño cerrado. Con dos manos abiertas.

La sacó del centro de la habitación.

La depositó en el cuarto del fondo, sobre el futón donde Suzu había dormido la noche anterior. Le puso las manos a los costados del cuerpo, no extendidas hacia adelante ya: dos manos abiertas a los costados, en la postura en que se dispone a una mujer que ha terminado su trabajo. Le acomodó un pliegue del kimono. Lo hizo despacio, con la torpeza honesta del que está haciendo por primera vez algo para lo que no ha sido entrenado.

Cuando volvió a la habitación principal, Suzu lo miraba.

Esta vez sí lo miraba de verdad.

Seijuro se acuclilló frente a ella. Estaban a la misma altura. La niña apretó un poco más el muñeco contra el pecho.

—Tu abuela —dijo Seijuro, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Tu abuela ha hecho lo único que importaba. Te ha protegido.

Hasta el final.

Suzu no contestó.

—¿Lo entiendes?

La niña asintió una vez. Muy despacio. Pero asintió.

—No estuve allí —dijo Seijuro, y le sorprendió a él mismo decirlo en voz alta—. Tenía que haber estado y no estuve. Lo siento.

Suzu lo miró con una atención que no era ya la del censo de la cena ni la del tasador en aprendizaje, era otra cosa, una atención más vieja que ella, una atención que en una niña de seis años no tendría que existir todavía.

—No pasa nada —dijo, con la misma voz exacta con la que doce horas antes había dicho no pasa nada, yo era muy pequeña sobre su padre.

Seijuro tragó.

—Sí que pasa.

—Ya lo sé —contestó la niña rompiendo finalmente en llanto—.

Seijuro le puso la mano abierta sobre la coronilla, igual que hacía media hora. Esta vez no la retiró tan pronto. La dejó allí, quieta, hasta que le dio tiempo a hacer lo único que aquella mano podía hacer por una niña de seis años en una casa con dos akuryō y una abuela muerta: estar.

Después la retiró.

—Tu abuela me dijo que mañana viene tu yerno —dijo, y se corrigió de inmediato—. El yerno de tu abuela.

—El tío Genta.

—El tío Genta. ¿Es bueno contigo?

—Sí. Trae caquis secos.

—Bien.

Seijuro se quedó un momento más arrodillado.

—Voy a esperarlo contigo aquí —dijo.

Y se sentó al lado de la niña, contra la pared, con el muñeco entre los dos.


Casa de Tome, primera luz del día

Genta llegó con las primeras luces.

Era un hombre cuadrado, cuarentón, con las manos ásperas de un trabajador del campo y la cara redonda y honesta de un hombre que llevaba toda la vida llegando a los sitios el día en que tocaba. Venía con un saco al hombro y se paró en seco a la puerta de la casa al ver, dentro, al oficial sentado en el suelo contra la pared, a la niña dormida apoyada en su costado, y al cadáver del akuryō del centro de la habitación que Seijuro no había sacado todavía porque no había querido moverla a ella para sacarlo.

Genta no dijo nada durante un rato largo.

Después soltó el saco.

—¿Y mi suegra? —preguntó, con la voz baja.

—En el cuarto del fondo.

Genta asintió una sola vez.

—¿Cómo?

—Protegiéndola.

El hombre miró a Suzu. Le tembló la barbilla un instante. La sostuvo. Era de los que sostenían.

—Gracias, oficial.

—No, no me las deis. He llegado tarde.

Genta lo miró y no insistió. Era de los que sabían cuándo no se debe insistir. Se acuclilló junto a la niña dormida y, con un cuidado que Seijuro reconoció de algún sitio sin saber de cuál, le pasó la mano por la coronilla. El gesto duró un segundo. Otro segundo. Un tercer segundo. Después la levantó en brazos, sin despertarla, y la apretó contra el hombro como se aprieta lo único que va a quedar de una cuñada muerta hace dos años y de una suegra muerta hace una hora.

Seijuro se levantó también.

—Cuidad de ella.

—Toda la vida que me quede, oficial.

—Lo sé.

Genta se volvió hacia la puerta. En el umbral, con la niña dormida en el hombro, se giró un instante.

—¿Cómo os llamáis? Por si algún día me lo pregunta.

Seijuro dudó medio segundo.

—Seijuro Nakata.

Genta asintió.

—Seijuro Nakata —repitió, como quien guarda un dato en una caja con cerradura—. Lo recordará.

Y salió.


Salida norte de Wakayama, mañana del séptimo día

Seijuro abandonó la ciudad cuando el sol ya había levantado un palmo sobre la cresta de la colina del este.

No miró atrás.

No porque no quisiera —quería, de hecho, con una intensidad que le sorprendió y que se obligó a guardar para más adelante—, sino porque mirar atrás esa mañana habría significado pararse, y pararse esa mañana habría significado quedarse, y quedarse esa mañana habría significado renunciar a la única cosa que le había quedado clara durante la noche, en algún momento entre el undécimo akuryō y la mano abierta sobre la coronilla de una niña que no era hija suya.

No la cosa entera.

Solo el principio de la cosa.

El principio era este: que Otsuru había muerto en Tanabe. Que Tome había muerto en Wakayama. Que en otras ciudades, esa misma madrugada, otras Tomes habrían muerto de otras formas, y otras Suzus quedarían sentadas en otros rincones con otros muñecos contra el pecho, esperando a otros tíos Genta que llegarían tarde o no llegarían. Que esto iba a seguir pasando, ciudad tras ciudad, semana tras semana, mes tras mes, mientras el portal estuviera abierto. Que el ejército japonés no podía cubrir cada Wakayama de cada provincia. Que, mientras alguien no hiciera otra cosa, ningún oficial, ni veinte, podían hacer suficiente. Y que, por tanto, alguien iba a tener que hacer otra cosa.

Aún no sabía qué cosa.

Aún no sabía cómo.

Aún no sabía siquiera si era él quien tenía que hacerla, o si era algún otro, en algún otro cuartel, en algún otro despacho de Osaka o Edo, alguien con más rango y más información y más años de servicio del que Seijuro tenía.

Pero la pregunta de Tome, la que la noche anterior le había abierto un agujero en la cocina y le había dejado sin respuesta —¿por qué peleas?—, esa mañana, en el camino del norte de Wakayama, había empezado a contestarse sola, sin pedir permiso, en la cabeza del oficial que llevaba diecisiete cadáveres de akuryō a la espalda y dos manos cubiertas de gris hasta los antebrazos.

Seijuro Nakata había peleado siempre por obligación.

Lo había peleado todo, en realidad, por obligación: las primeras horas de instrucción a los cinco años, las primeras evaluaciones a los nueve, los primeros combates reales a los catorce. Había sido su padre el que lo había apuntado al ejército antes de que él tuviera edad para decidir nada, y a partir de aquel día Seijuro no había conocido otra cosa que cuarteles, uniforme, formaciones de patio y manuales de táctica gastados en las esquinas. Pelear por su país, para él, era lo que para otros niños era pescar con el padre o aprender el oficio del abuelo: la única ocupación a la que había sido entrenado, la única en la que sabía moverse, la única que le ofrecía respuestas claras para las preguntas que se le hacían. No se cuestionaba nada porque no había aprendido a cuestionar. Vivía, sin saberlo, en el piloto automático de un linaje que llevaba dos generaciones decidiendo por él, y aquel piloto automático había funcionado perfectamente durante veintiséis años en los que nadie, ni siquiera él, le había hecho aún la pregunta.

Y entonces se la había hecho una anciana, en una cocina, mientras le retiraba un mechón de pelo a una niña dormida.

¿Por qué peleas? ¿Por tu país? ¿Por ti mismo? ¿Por proteger a tus seres queridos? ¿Por orden de tu padre? ¿Por costumbre?

Las cuatro respuestas habían pasado por la cabeza de Seijuro la noche anterior y él las había rechazado las cuatro, sin saber muy bien por qué, frente al brasero de Tome. Ninguna había sido del todo falsa. Ninguna había sido del todo verdadera. Y aquella mañana, en el camino del norte, con el sol ya levantado un palmo sobre la cresta de la colina del este, comprendió por qué.

Comprendió que el verdadero motivo no había estado nunca en aquellas cuatro respuestas.

Que había estado, todo el tiempo, en otro sitio.

Que aquel otro sitio, hasta esa madrugada, no se le había ocurrido mirarlo.

Seijuro Nakata peleaba para que no hubiera más Wakayamas.

Para que no hubiera más Tomes.

Para que no hubiera más Suzus.

Peleaba por los demás.

Esa era la respuesta.

Y la encontró, esa mañana, en el camino del norte de Wakayama, dándole la espalda a una ciudad que aún contaba sus muertos.

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Prólogo 5: el camino de vuelta parte II | Novel | Nakata's Journey